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La Princesa romance Capítulo 414

Mohamed miró a Vanesa, y por un instante sintió que los años le habían caído encima de golpe, pensando que tal vez había escuchado mal.

Gabriel, observando la escena, aplaudía en silencio en su interior.

‘De verdad, Mohamed, ¿a quién se le ocurre buscarle pleito a estos dos? Y justo a estos chamacos rencorosos…’ Gabriel negó con la cabeza, y mentalmente le encendió una vela a Mohamed.

—¡No se pasen de la raya! —Mohamed se levantó de golpe, señalándolos con el dedo. Su cuerpo temblaba tanto que Gabriel temió que se desmayara ahí mismo.

—Mohamed, cuando uno la riega, tiene que asumir las consecuencias. Si todo te parece mal, pues también nos complicas las cosas —respondió Vanesa, con total calma.

Frente a los reclamos de Mohamed, ambos permanecieron sentados, firmes, sin mostrar la menor intención de echarse para atrás.

—Díganme cuánto quieren, se los doy —Mohamed miró directo a los ojos de Esteban, rindiéndose primero.

—Parece que no te queda claro, Mohamed. Las ganancias de nuestra empresa en un solo día superan lo que la familia Encinas gana en todo un mes —Vanesa alzó las cejas, como si acabara de escuchar un chiste malo.

—Entonces, ¿qué diablos quieren? —replicó Mohamed, la voz cada vez más áspera.

—Es fácil: queremos una disculpa —dijeron los dos al unísono. Sus expresiones se endurecieron, las sonrisas desaparecieron y el ambiente se cargó de una tensión aplastante.

El rostro de Mohamed se torció, pero ya no era el mismo de antes, incapaz de rechazar la propuesta sin siquiera pensarlo.

Se detuvo a pensar. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a ceder?

Si ese archivo salía a la luz, todo lo que había hecho quedaría expuesto, y la familia Encinas terminaría convertida en el hazmerreír del país. Pero si Thiago se disculpaba, perdería acceso a los mejores artistas; sería la ruina para su futuro. No importaba cómo lo mirara: todas las salidas estaban bloqueadas. Mohamed apretó la mandíbula, por fin dándose cuenta de que había subestimado a esos dos.

—Thiago puede disculparse, pero solo en privado —cedió, con voz ronca.

—Mohamed, ¿no estarás confundido con algo? En este momento tú ya no tienes ninguna carta para negociar —Esteban apoyó la mano en la rodilla, con la misma mirada fiera de un halcón a punto de atrapar a su presa.

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