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La Princesa romance Capítulo 430

—¿Y qué, Bea? Cuando vayas con la jefa a reuniones todavía más elegantes, ¿también te va a ganar el nervio y le vas a pedir que cancele todo y te lleve a tu casa?

Vanesa miró a Beatriz. En sus ojos no había burla ni desprecio, solo calma y un dejo de duda.

—Eso no es lo mismo… —Beatriz murmuró en voz baja.

—¿Y por qué no? —replicó Vanesa, sin perder la paciencia.

—Es que… ellos son puro señorón y señorita de familia de dinero.

—Pero, Bea, ¿alguna vez has pensado que te vas a topar con más gente así? En esta ciudad, lo que menos falta es gente con plata. Entraste a una universidad de renombre, conseguiste la invitación para hacer prácticas en VantageGlobal apenas en primer año, y todo eso lo lograste por tu propio esfuerzo. Todo apunta a que ya estás metiéndote en ese círculo.

La voz de Vanesa dentro del carro tenía un efecto tranquilizador, como si su seguridad pudiera contagiarse.

—Siempre dices que no perteneces a ese mundo, que tú y ellos son de universos distintos. Pero entonces, ¿para qué tanto esfuerzo? ¿Para qué salir del pueblo, romperte la cabeza para entrar a la universidad, meterte a todos los clubs y competencias si, al final, vas a regresar al pueblo a quedarte en la misma de siempre, o vas a quedarte aquí, trabajando de nueve a seis, sin juntar nunca un peso?

Beatriz abrió la boca, pero ningún sonido salió.

—Sí, tu punto de partida no fue el mejor, pero dime, ¿dónde quieres que termine tu camino?

—Yo… —Los ojos de Beatriz parpadearon, y sus dedos empezaron a trenzarse entre sí, inquietos.

—Cuando tardas en pedir la comida, la mesera te pone mala cara y tú piensas que es tu culpa, hasta le buscas excusas, como si ella estuviera en lo correcto. Pero al final, trabaja en atención al cliente; su chamba es ser profesional. Si te tardas, puede ayudarte a decidirte rápido, explicarte los platillos, no hacerte mala cara.

Vanesa hizo una pausa, su mirada fija.

—Vane, gracias.

Apenas terminó de hablar, el carro se detuvo frente a la entrada de un hotel tan lujoso que hasta el aire olía a elegancia. El chofer bajó para abrir la puerta. Ellas salieron una tras otra.

—Espalda derecha, ¿me oíste? —Vanesa le dio una palmada en el hombro.

—Sí, ya sé —respondió Beatriz, respirando hondo. Enderezó la espalda y, por primera vez, no bajó la cabeza.

Sí, después de esta noche, seguiría siendo Beatriz, pero ya no sería la misma Beatriz insegura de antes.

Se secó el sudor de las manos, y siguiendo a Vanesa, avanzó con paso firme hacia ese lugar que, hasta hace poco, habría jurado que no era para ella… pero ahora, sentía que podía conquistar el mundo.

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