Nicolás le mandó el lugar y la hora a Beatriz al día siguiente. Además, le envió un vestido largo de estilo sencillo, que iba perfecto con el aire artístico de Beatriz.
La ropa se la entregó una compañera del dormitorio de al lado. Antes de irse, incluso bromeó con Beatriz, y cuando ella bajó para ver si encontraba a Nicolás, él ya había desaparecido.
[¿Por qué también me mandaste ropa?] le escribió Beatriz en un mensaje.
[Sólo pensé que te quedaría muy bien.]
[No puedo aceptar esto. ¿Cuándo tienes tiempo? Te la devuelvo en persona.]
[Es que… quiero que uses ese vestido cuando conozcas a mis amigos.] Nicolás le mandó un audio, y su voz sonaba un poco dolida.
Antes de que Beatriz contestara, recibió otro audio de Nicolás.
[Además, fuera de ti, no tengo a nadie más a quien regalarle esa ropa. Ya le quité la etiqueta, así que no se puede devolver.]
Beatriz suspiró, mirando el vestido perfectamente doblado en la caja y la invitación elegante que estaba al lado. Sentía que, sin querer, había entrado a un mundo donde no encajaba para nada.
—Ah, sí estabas aquí —dijo Vanesa entrando de repente—. Si hubiera sabido, no me habría tardado tanto buscando mis llaves.
—¿Terminaste tus cosas? —preguntó Beatriz.
—Ajá. —Vanesa dejó su bolsa y llaves sobre la mesa, y entonces miró con más atención a Beatriz—. ¿Y eso qué es? ¿Dónde están Cintia y Natalia?
—Ellas se fueron al club. Mira, es una invitación. Ya la revisé, son dos, una es tuya y trae tu nombre —le explicó Beatriz, entregándole la invitación a Vanesa.
Vanesa la abrió y le echó un vistazo. No decía quién organizaba el evento, sólo el motivo de la fiesta, el lugar y la hora de inicio.
Luego la cerró y señaló la caja con el vestido.
—¿Eso te lo mandó él?
Beatriz asintió.
Llegó el día de la fiesta.
Como el lugar quedaba algo lejos de la universidad, Vanesa pidió que el chofer fuera por ellas.
Natalia y Cintia, aunque les daba envidia, no dejaron de bromear, diciéndoles que trajeran de regreso algunos de esos postres elegantes de la fiesta, para probar si de verdad sabían diferente de los que comían los ricos.
Vanesa negó con la cabeza, divertida. Hizo una llamada y, en menos de media hora, los postres más finos ya estaban frente a Natalia y Cintia.
Ellas quedaron felices, despidiéndose de las dos con una sonrisa.
En el carro, la calefacción estaba al punto, ni calor ni frío. Beatriz iba en silencio en el asiento trasero, inquieta, pellizcándose las manos.
Vanesa, en contraste, transmitía una calma total, recostada con naturalidad en el asiento, sin esfuerzo por verse elegante, pero aun así, irradiando una presencia impresionante.
—¿Y si… mejor no voy? —murmuró Beatriz, con las palmas sudorosas.

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