Era evidente que Nicolás ya consideraba a Vanesa de su bando, sin la menor intención de ocultarle nada.
Después de todo, en estos momentos, la sinceridad era el único lazo capaz de atar sus destinos con fuerza. Solo exponiendo sus puntos débiles podrían convertirse en verdaderos aliados, amarrados por la misma suerte.
—¿Sabías que Jacinta consume drogas? —preguntó Nicolás, como si hablara del clima.
—¿Fuiste tú quien lo hizo? —retrucó Vanesa, sin rodeos.
Nicolás levantó las manos con expresión inocente.
—Yo solo le pedí una bebida. Por accidente, se me cayó algo en ella, nada más.
Lo decía sin tapujos, tranquilo, como si no hubiera arruinado la vida de alguien. Ni rastro de culpa en sus palabras.
—¿Así que esta vez volviste a hacer lo mismo? —Vanesa lo miró con dureza.
Nicolás sonrió, encogiendo los hombros.
—No es igual. Solo dejé correr algunos rumores y ellos solitos se acercaron. Son chavos buscando emociones fuertes. Yo solo les di una mano, eso es todo.
—Qué generoso eres —soltó Vanesa, la ironía saliendo a flote. Nicolás captó la indirecta al instante.
—¿Y las dos bebidas que me diste aquella vez? —Vanesa no pensaba dejarlo ir tan fácil.
—Solo era una dosis pequeña. No como para volverse adicta. Si tienes fuerza de voluntad, lo puedes superar. Yo confío en que tú no me vas a decepcionar —respondió Nicolás, seguro de sí mismo, sin el menor atisbo de remordimiento.
La furia brilló en los ojos de Vanesa, aunque terminó soltando una carcajada amarga por la indignación.
—¿Así es como quieres que trabajemos juntos?
—No te enojes, mira, después te compenso. Ahora ya estamos en el mismo barco, te lo he contado todo, ¿qué más quieres? No me quedaba de otra, uno siempre necesita un plan de respaldo —Nicolás sonrió, buscando congraciarse, como si no le preocupara que Vanesa pudiera traicionarlo. Sabía que si se descubría que ella también había consumido, no solo su reputación estaría en juego.
—¿Y Beatriz? ¿Por qué la metiste en todo esto?

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