—Ya, ya, en toda tu vida solo vas a tener esta oportunidad, ¿no te imaginas de grande queriendo recordar y ni siquiera tener un video bonito para ver?
—Justo hoy que te arreglaste, pues hay que aprovechar, ¿no? Mira nada más, joven y guapa, ¿quién no te tendría envidia hoy?
Entre las dos, hacían reír a Estrella a la fuerza, hasta que no pudo contener la carcajada.
—A ver, a ver, come otro pedacito. En la cocina ya te están preparando esos tamalitos dulces que te gustan, en un rato ya ni hambre vas a tener.
Sabrina le pasó otra pieza de pastel a Estrella, y le dio unas palmaditas en la cabeza, como si la estuviera apapachando como a una niña pequeña.
Estrella entrecerró los ojos, con la boca llena de pastel, parecía una ardillita guardando comida en las mejillas.
Vanesa, aguantando la risa, le sostuvo la cara y se la movió de un lado a otro.
A veces se preguntaba: ¿qué hago con amigas tan adorables?
—Oigan, ¿y sus vestidos de dama de honor? Ni los he visto. Ustedes, tan ocupadas, cada una fue por su lado a probárselos. ¡Ándenle, muéstrenmelos, rápido!
Con la boca llena de pastel, Estrella hablaba entre balbuceos, pero no dejaba de empujar a las dos para que fueran a cambiarse.
—¿Y Regina? ¿Dónde está esa? Vane, ¿no que venías directo del estudio?
—Dijo que...
—Ya llegué, ¿para qué la prisa?
Antes de que Vanesa terminara la frase, Regina empujó la puerta y entró.
—Toma, tu regalo de bodas.
Su cara no mostraba emoción, pero le extendió una caja envuelta con esmero.
—¿Vienes y luego me das el regalo en la puerta...? —Estrella intentó mantener la seriedad, pero una sonrisa traviesa le ganó el gesto.

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