—Pero yo pensé que tú ibas a perder la paciencia primero, la verdad no esperaba que Ismael se te adelantara —comentó alguien, medio en broma, medio en serio.
—Hay tiempo de sobra, déjenlo, ni ganas de pelearme con él por eso —replicó David, cruzado de brazos.
Obviamente, Ismael se dio cuenta de que David solo estaba aparentando estar tranquilo.
—No me digas que es porque Vanesa no te aceptó y ahora andas buscando excusas, ¿eh? —le soltó Ismael, aprovechando la ocasión para molestarlo un rato.
Ya por fin había dejado de jugar con su cabello y la corbata, así que se acercó y se acomodó a la fuerza en el sillón con ellos.
David frunció la boca.
—Vane todavía es joven, es normal que no quiera sentirse atada por el matrimonio. Además, ni ella ni yo vamos a buscar a nadie más, así que ¿para qué apurarnos?
—Ajá, ajá, ustedes ya parecen una pareja de esas que llevan años juntos. Solo les falta dar el paso final —se burló Ismael, alzando las cejas.
David sabía que Ismael solo quería picarlo, así que prefirió no seguirle el juego y, de plano, le lanzó una patada.
Ismael la esquivó, se sacudió el pantalón y se acomodó la ropa, asegurándose que no le quedara ni una arruga.
—No me andes pateando, compa, tengo que llegar impecable para ver a mi Estrella —dijo, medio en serio, medio en broma.
Los tres se quedaron viéndose unos a otros con cara de pocos amigos y, sin decir nada, se alejaron un poco de Ismael, como si les diera pena ajena.
Por un lado, la familia del novio hacía ruido y bromas, mientras que del lado de la novia había gritos y risas por otro motivo. Vaya diferencia.
...
En cuanto dieron las once de la mañana, Ismael ya no aguantaba más la espera. Los otros tres dejaron de molestarlo y comenzaron a ayudarlo: uno le arregló el cabello, otro le enderezó el saco, el último revisó que tuvieran todo lo que necesitaban. Cada quien montó su propio carro y el convoy arrancó hacia la casa de la familia Olivera.
La familia Morgado había rentado toda la avenida por donde pasaría la comitiva para asegurarse de que nada se interpusiera. Una fila de casi veinte carros deportivos, todos de edición limitada, encabezados por uno que llevaba un letrero gigante de “¡Vivan los novios!”, avanzaba con ritmo de fiesta. El espectáculo era tan llamativo que hasta un dron andaba grabando todo desde el cielo.
Adentro del carro, Ismael iba sentado en el asiento trasero, tan nervioso que apenas podía fingir la tranquilidad que había mostrado la noche anterior con David y los demás.

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