Afuera del cuarto, todo se quedó en silencio. Por fin, David pudo volver a acercarse a Vanesa.
Antes de hacerlo, no se le olvidó darse una ducha y arreglarse un poco, temiendo que, si Vanesa despertaba, lo viera todo desaliñado.
Se sentía como si estuviera a punto de encontrarse por primera vez con el amor de su vida; quería que todo en él estuviera en su mejor estado.
Ya le habían quitado los tubos a Vanesa. Su cara se veía pálida, los labios sin una pizca de color, como una muñeca delicada pero sin un soplo de vida. Bella, sí, pero tan frágil que apenas parecía respirar.
Los ojos de David estaban llenos de tristeza. Hasta que no tuvo la mano de Vanesa entre las suyas, su corazón no pudo tranquilizarse. Al tomarla, sintió que por fin tenía algo a lo que aferrarse en el mundo.
—Vane... ya despierta, ¿sí? Llevas dormida mucho tiempo, ya no seas tan dormilona...
Su voz salió suave, envuelta en una ternura profunda.
Le tapó la mano a Vanesa, fría por tanto medicamento, y le sopló suavemente para calentarla.
El sol entraba por la ventana, proyectando en el suelo las sombras de las hojas que se movían con el viento. Era un ambiente cálido y tranquilo, pero alrededor de David flotaba un dolor que no se disolvía ni con la luz del día.
Poco a poco, el cansancio empezó a cerrarle los ojos…
...
En la oscuridad, Vanesa estaba sentada, hecha bolita en medio de la nada. Alguien la llamaba. Esa voz iba creciendo, cada vez más clara y fuerte, hasta que le era imposible seguir dormida.
Abrió los ojos y la luz le lastimó un poco la vista. Parpadeó varias veces antes de acostumbrarse.
Cuando extendió las manos, se dio cuenta de que eran diminutas, mucho más chicas de lo que recordaba.
—Vane...
Antes de que pudiera entender qué pasaba, esa voz tan familiar volvió a sonar.
Vanesa se quedó quieta, sin acercarse al resplandor.
—¿Quién eres? —preguntó, su voz sonando como la de una niña pequeña, con un toque de desconfianza.

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