La escena cambió de golpe y las cuatro personas desaparecieron. Vanesa sintió como si una fuerza invisible la jalara hacia atrás, llevándola a otro lugar.
Era un salón de clases al atardecer, bañado por la luz dorada del sol que comenzaba a esconderse. El aula estaba completamente vacía, salvo por una chica que dormía apoyada sobre su pupitre. Parecía tener unos trece o catorce años.
El brazo y la cara de la niña se marcaban con líneas rojas por la presión, y su cabello, un poco despeinado, le cubría buena parte del rostro. Tenía ojeras oscuras, como si el cansancio la hubiera vencido por completo.
Un chico entró al salón, trayendo una bebida en la mano y el sudor pegado a la frente. Sin embargo, en cuanto la vio, dejó de moverse tan abruptamente y empezó a caminar con sumo cuidado, como si temiera despertarla.
Corrió la cortina hasta la mitad, tapando la luz del atardecer que caía sobre el rostro de la niña.
—¿Ya terminaste? —preguntó la chica, medio dormida, sin abrir los ojos. Su voz era suave, sin ninguna pizca de desconfianza.
—Sí, sigue durmiendo un ratito. Voy al vestidor a darme un baño y regreso —respondió el muchacho, con esa voz ronca de quien está en plena adolescencia, cuando la voz apenas empieza a cambiar.
—La neta sí hueles raro —dijo la niña, todavía sin abrir los ojos. Más que una queja, sonaba a broma, como si solo quisiera seguirle la corriente.
El adolescente, en pleno berrinche de pubertad, se acercó a ella y agitó su camiseta en dirección a la chica.
—Pues tú eres la única que va a aguantarme así —le tiró, con un tono infantil que hizo reír a la niña.
Ella, con los ojos entrecerrados, le dio un golpecito. El chico ni siquiera intentó esquivarlo; solo sonrió, tan contento como un niño travieso.
—Duerme otro rato, regreso en un segundo —le dijo, mientras le revolvía el cabello y le daba dos palmadas suaves.
Vanesa asintió con la cabeza. El chico sacó una camisa limpia del escritorio y la puso bajo la cabeza de Vanesa, dejó la bebida en la esquina del pupitre y salió.
Vanesa, la verdadera, observaba todo como si fuera una espectadora ajena. Cuando él se fue, la escena volvió a difuminarse.
Ya se había acostumbrado a esa sensación de que el espacio la jalaba y la arrastraba de un lado a otro, así que no se resistió.
Como era de esperarse, la siguiente escena también era de los dos, pero ahora estaban en un hospital. Tenían alrededor de dieciséis años, pero en sus rostros no había ni rastro de la alegría propia de esa edad; solo tristeza.

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