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La rebelión de la sustituta: El karma del heredero romance Capítulo 6

Jugaba con su encendedor metálico, observando a Dayana a través del espeso humo del cigarrillo.

Viéndola de cerca, Dayana no era tan parecida a Salomé.

Salomé era delicada, suave, como un inocente conejito blanco que no conocía la maldad del mundo.

Tan ingenua que te daba terror dejarla salir sola a la calle; solo querías esconderla en tu casa y protegerla del mundo.

Lloraba con facilidad, sollozando sin parar, pero con un simple dulce se le pasaba el berrinche.

Tenía unos pequeños hoyuelos en las mejillas cuando sonreía que derretían a cualquiera.

Dayana era diametralmente opuesta.

Sus facciones eran mucho más afiladas, desprendía un aura gélida y poseía esa mirada capaz de enloquecer a un hombre.

Nunca la había visto sonreír; ni siquiera sabía si tenía hoyuelos.

Luciano guardó el encendedor y rompió el silencio.

—Sonríe. Dame una sonrisa y te dejaré en paz por esta noche.

Dayana actuó como si no lo hubiera escuchado.

Unos diez minutos después, llegó la policía.

Eran dos oficiales; uno mayor y uno joven con una libreta en las manos.

Al entrar, la mirada del oficial más joven saltó entre ambos.

—¿Quién llamó a la policía?

—Fui yo —respondió Dayana, dando un paso hacia la entrada.

Pero apenas se movió, Luciano alargó la mano y la agarró del brazo, apretándolo con la fuerza suficiente para inmovilizarla.

—¿A quién tratas de seducir ahora? —murmuró.

Escupió la colilla del cigarrillo directamente en el piso y habló en un tono despectivo.

—Di lo que tengas que decir desde aquí. Pueden escucharte.

Dayana sabía que no podía ganar contra la fuerza de un hombre; no iba a desperdiciar energía intentando zafarse.

Miró fijamente al joven oficial y asintió.

—Es él. Allanamientro de morada.

El oficial joven pareció dudar y se giró hacia su compañero.

El oficial mayor llevaba escrutando a Luciano desde que cruzó la puerta; sentía que conocía ese rostro de alguna parte.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó con recelo.

Luciano se recostó despreocupadamente contra el marco de una puerta interna.

—Luciano Lozano.

La cara del policía mayor palideció.

Con razón le resultaba familiar.

Nadie se atrevía a meterse con la familia Lozano.

Tomó declaración a Dayana rápidamente y luego fue a tocar a la habitación de Hernán y Mariela.

Como era de esperarse, el matrimonio no apoyó a Dayana. Con sonrisas nerviosas, aseguraron que Luciano era el hijo de un amigo cercano que había venido de visita, y que Dayana solo estaba haciendo un berrinche adolescente.

Ante el testimonio de los padres, la policía no tuvo nada más que hacer.

Medio intervinieron diciendo que resolvieran sus problemas familiares sin hacer escándalos y se marcharon.

El sonido de la sirena se fue perdiendo en la lluviosa noche.

El viento seguía entrando, la puerta estaba abierta, y la última gota de color desapareció del rostro de Dayana.

Luciano la miró y soltó una carcajada.

Esa expresión era una obra de arte.

Había desperdiciado todo su tiempo siguiéndole el juego con este teatrillo solo para verla poner esa cara.

Ver su esperanza hecha pedazos era mil veces más estimulante que cualquier impulso primitivo.

Pisó lentamente la colilla en el suelo con la punta de su fino zapato de cuero.

—Te hubiera ido mucho mejor si aceptabas portarte bien. Acabas de desperdiciar tu única oportunidad.

Sin mediar más palabra, jaló a Dayana hacia la salida.

Ella era tan ligera que Luciano no tuvo que hacer casi ningún esfuerzo; la arrastró por las escaleras como si fuera un muñeco de trapo.

Detrás de la puerta de su cuarto, Hernán estaba pegado a la madera intentando escuchar todo sin atreverse a respirar.

Capítulo 6 1

Capítulo 6 2

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