En su mente, estructuraba meticulosamente los siguientes pasos.
Primero, necesitaba tramitar el cambio de su domicilio legal para desligarse del Registro Civil de la familia Castaño e inscribirlo en la residencia de la universidad.
Segundo, solicitar su cambio de carrera. Al ingresar, se había inscrito en Ingeniería de Software porque creía que conseguiría un buen sueldo rápido, pero ahora quería pasarse a Biología.
Era lo que siempre había amado. De niña solía guardar alas de libélula secas en sus libretas, hasta que Mariela lo descubrió y la castigó, gritándole que dejara de perder el tiempo en idioteces.
De ahora en adelante, solo haría cosas que a ella le importaran.
—Disculpa...
Alguien habló a su lado.
Dayana giró la cabeza.
Era un chico alto y delgado, con una mochila en la espalda; parecía universitario.
Ella no pronunció palabra, pero su mirada preguntó claramente: ¿Qué quieres?
El chico se quedó viendo su rostro por un par de segundos y sus orejas empezaron a ponerse rojas.
Apretó los labios, dándose valor a sí mismo.
—Hola, ¿me pasas tu WhatsApp o tu Insta?
Dayana lo miró y no le siguió el juego.
No era por ser grosera; era la simple verdad.
—No tengo —respondió con honestidad. Su celular era uno de esos ladrillos viejos que solo servían para llamar y mandar mensajes de texto; ni siquiera tenía conexión a internet.
El muchacho, creyendo que lo estaba rechazando de manera sutil, iba a insistir, pero el tren llegó a su estación y Dayana bajó sin mirarlo dos veces.
Al mismo tiempo, en el restaurante de un hotel cinco estrellas.
Luciano estaba sentado en una mesa junto al ventanal. Frente a él había un banquete de desayuno.
El café humeaba, la yema de sus huevos poché estaba esparcida por todo el plato, y unas salchichas habían sido apuñaladas y destrozadas por su tenedor.
Sostenía aquel viejo celular en la mano, con el ceño fruncido.
El celular de Dayana.
Solo tenía cuatro contactos guardados: Mariela Castaño, Hernán Castaño, el director López y el profesor Ortega.
La bandeja de mensajes estaba vacía.
Intentó abrir el navegador de internet para revisar su historial, pero era tan antiguo que ni siquiera cargaban las páginas.
Luciano aventó el aparato sobre la mesa con desdén y siguió destrozando la comida de su plato con el tenedor, volviéndola puré.
Inconscientemente, empezó a hacer comparaciones en su mente.
Toda la ropa de Salomé era de diseñador, hecha a la medida, con telas importadas y bordadas a mano.
Lo que llevaba puesto Dayana no podría clasificar ni siquiera como ropa de tianguis; el cuello de la camiseta estaba completamente deformado de tanto lavarse.

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