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La rebelión de la sustituta: El karma del heredero romance Capítulo 7

Alejo Lozano.

El líder absoluto de la Corporación Lozano.

Dayana repasó ese nombre una y otra vez en su cabeza.

En la historia original, Alejo no tenía muchas apariciones.

Casi siempre se le mencionaba a través de otros personajes, sobre todo en los diarios personales de Salomé.

El nombre de Alejo llenaba casi todas las páginas de esos cuadernos.

Era un hombre de pocas palabras, que rara vez sonreía, no bebía y no fumaba. Su único pasatiempo era la pesca deportiva.

Cada fin de semana, sin importar el clima, se iba a las afueras de la ciudad a pescar durante todo el día.

Tampoco mostraba el menor interés en las mujeres.

Una vez, Salomé se armó de valor durante una boda familiar; se coló en la habitación de Alejo, se quitó toda la ropa y se metió bajo sus sábanas.

Cuando Alejo regresó, levantó la cobija, la miró sin que un solo músculo de su rostro se alterara, la volvió a tapar, se dio la vuelta y se marchó de la habitación.

Esa noche, Salomé no paró de llorar hasta el amanecer.

Al recordar aquello, una leve mueca se asomó en los labios de Dayana.

No era una sonrisa.

Era una expresión de gélida determinación.

Ese tipo de hombre era la verdadera arma definitiva.

El viento soplaba cada vez con más fuerza.

Dayana no regresó a la casa de los Castaño.

Caminó en línea recta por la avenida, sin mirar atrás, como si estuviera dejando atrás los dieciocho años de miseria que cargaba sobre sus hombros.

El cielo comenzaba a clarear, y los pequeños puestos de desayuno en la calle empezaban a abrir.

El estómago de Dayana emitió un gruñido; la poca comida que había ingerido la noche anterior había desaparecido por completo.

Encontró un cajero automático, introdujo su tarjeta y retiró doscientos pesos.

Se había llevado la tarjeta antes de salir de casa.

Ya había tomado la decisión de no regresar nunca más.

Con los billetes en la mano, entró a un humilde comedor de desayunos.

El local era pequeño, apenas tenía unas cuantas mesas muy limpias y al fondo se escuchaba el burbujeo de las ollas humeantes.

Se quedó parada un buen rato frente al menú pegado en la pared, y al final pidió un café con leche en taza pequeña y un pan dulce.

No tenía mucho efectivo, necesitaba estirar cada centavo.

Cuando le sirvieron el café, el vapor caliente le acarició el rostro, desprendiendo un reconfortante aroma a grano tostado.

Capítulo 7 1

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