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La rebelión de la sustituta: El karma del heredero romance Capítulo 10

Marzo de 2009, uniforme escolar, 65 pesos.

Septiembre de 2009, libros y útiles, 38 pesos.

Enero de 2010, zapatos de invierno, 25 pesos.

...

Cada renglón estaba registrado impecablemente, exacto hasta los centavos.

Los labios de Mariela temblaron. Antes de que su cerebro procesara la situación, Dayana ya se había colgado la mochila al hombro y, tomando su paraguas, cruzó la puerta del pequeño balcón.

—¡Detente ahí! —chilló Mariela, persiguiéndola hasta la puerta del edificio, logrando agarrar la manga de su sudadera.

Se dejó caer dramáticamente al suelo en medio del pasillo y empezó a gritar a todo pulmón.

—¡Vecinos, vengan a ver esto! ¡Qué malagradecida! ¡La crié durante trece años y así es como me paga, largándose sin decir agua va!

Las ventanas de los apartamentos empezaron a abrirse una a una.

Unas señoras y ancianos curiosos comenzaron a asomarse por los balcones y el patio central.

Al ver que tenía audiencia, Mariela aulló aún más fuerte.

—¡Sean testigos de esto! ¡Esta mocosa se vendió a un hombre rico y se escapa con él! ¡Va a abandonar a sus padres y a su hermano que tanto le dimos!

Dayana le dirigió una mirada gélida. Lentamente, apoyó su mochila en el piso y, sin inmutarse, se quitó la sudadera.

Debajo solo llevaba una ligera camiseta de tirantes.

En su hombro izquierdo había una enorme cicatriz rojiza, gruesa y hundida en la piel, como si la hubieran quemado.

Los vecinos ahogaron un grito al unísono.

La voz de Dayana no se quebró, habló con una firmeza que resonó en el pasillo entero.

—Esta quemadura me la hizo Hernán Castaño cuando yo tenía siete años; llegó borracho y me aventó una olla de sopa hirviendo al cuerpo.

Dayana se agachó un poco y se enrolló la pernera del pantalón.

En la pantorrilla izquierda sobresalía una marca larga y serpenteante, parecida a un enorme ciempiés.

—Esto fue porque Ciro se cayó cuando tenía cinco años. Mariela me echó la culpa por no cuidarlo bien y me agarró a cinturonazos con la hebilla.

Por último, giró un poco la cabeza, descubriendo su oreja izquierda.

Tenía pequeñas pero profundas líneas disparejas en el cartílago, más oscuras que su tez, como si algo filoso la hubiera rebanado varias veces.

—Y esto me lo hizo Ciro cuando le di la espalda. Usó unas tijeras de cocina.

El edificio entero estalló en murmullos de indignación.

Capítulo 10 1

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