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La Reina con Tacones Altos romance Capítulo 27

Si antes, por todo lo que le estaba pasando, Leonor había considerado la idea de subirse al carro de Rafael, después de escuchar las palabras de Abigail solo quería que esos dos desaparecieran de su vista cuanto antes.

—No, gracias. Me voy caminando.

Al verla rechazar su oferta, Rafael bajó la mirada y le echó un vistazo a la rodilla de Leonor, de la que seguía escurriendo sangre, y soltó, sin darle mayor importancia:

—Como quieras.

Su figura, tan frágil, se estremeció bajo la lluvia que caía a cántaros.

—Rafa, ¿en serio vas a dejar aquí a Leonor? Ya viste cómo quedó, parece gallina remojada —reviró Abigail, aprovechando para ponerle la mano en la pierna a Rafael.

—Ella no quiso subirse —respondió él, y luego le habló al chofer—: Vámonos, no quiero que Abi pierda su evento.

Un rayo partió el cielo de lado a lado.

El carro negro desapareció de la vista de Leonor, y enseguida un trueno retumbó tan fuerte que le zumbó en los oídos.

Leonor se encogió y se sentó en la banqueta, sin saber si le dolían más las heridas del cuerpo o las del alma.

Sacó su celular, primero para llamar a la policía. Después, marcó a Irene.

En ese momento, lo único que agradecía era que el celular siguiera funcionando; de no ser así, ni idea de qué hubiera hecho.

Leonor pensó que la primera en llegar sería Irene, pero no, llegó antes la ambulancia.

Las luces rojas y azules seguían parpadeando, incluso bajo la tormenta.

—Pero si yo no pedí la ambulancia —murmuró para sí—. Seguro fue Irene la que la llamó.

La lluvia arreciaba todavía más, y el limpia parabrisas del carro negro ya iba al máximo.

En el asiento trasero, Abigail y Rafael revisaban sus celulares.

[Abigail: ¿Qué pasó con el asunto? Ella está bien, ¿no? Ni siquiera le hicieron nada, ni la pasearon desnuda ni nada. ¿Los tipos no le hicieron nada o qué?]

[Joker: Ella sabe pelear, tiene sus trucos. Por eso logró escaparse.]

Al ver a Leonor pálida, acostada en la cama con el uniforme de paciente, conectada al suero y tosiendo de vez en cuando, a Irene se le pusieron los ojos llorosos.

—Leonor…

Viendo que Irene estaba a punto de romper en llanto, Leonor se apresuró a calmarla.

Le contó por encima lo que le había pasado, e Irene saltó indignada.

—¡Seguro fue esa tipa, la amante! ¡Fue ella quien mandó a esos tipos para que te molestaran!

Leonor le lanzó un “shhh” y le sonrió con amargura:

—¿Y tú cómo sabes? Ni pruebas tienes.

—Lo sé, lo sé —Irene se dio un golpecito en el pecho, como jurándolo—. Te lo juro, así pasa en las novelas, ¡la ficción se vuelve realidad!

Leonor no tenía por qué contradecirla, aunque en el fondo tampoco estaba segura. Rubén y sus amigos ya eran conocidos por molestar a las profesoras, y la última vez ella se había metido en problemas con Rubén por culpa de Federico. Así que, aunque Irene tuviera razón, no podía asegurar que Abigail estuviera detrás de todo esto.

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