Después de aplicarse compresas frías, la pierna quemada de Marisol mejoró bastante, pero aun así tuvo que ir al hospital.
El dueño del restaurante decidió no cobrarles la cuenta.
—¿Y la señora que también se quemó con la sopa? —preguntó Octavio.
Seguía muy pendiente de ella.
Marisol bajó la mirada; por un instante, una sombra de resentimiento cruzó sus ojos.
—El hombre que venía con ella se la llevó en brazos, dijo que iban a cambiarse.
La mirada de Octavio se volvió tan oscura como la noche.
...
Cristina despertó en una habitación amplia, aunque vacía salvo por una cama.
Llevaba puesta una falda larga de tela, y aún le dolía el cuello donde le habían pinchado.
Apenas pasaron dos minutos cuando Jesús entró acompañado de una doctora de rostro alargado.
—¿Quién eres? ¿Qué pretendes hacer? —intentó levantarse, pero no tenía fuerzas.
Jesús sacó su celular y le mostró una foto, con una sonrisa perversa y helada en el rostro.
—¿No crees que te pareces mucho a ella?
La imagen era un montaje, y Cristina, siendo sincera, no se veía tan parecida; tal vez un sesenta o setenta por ciento.
—Mi novia quiere un hijo que se parezca a esa imagen. Si tus óvulos funcionan, podré casarme con ella. He buscado a muchas chicas estos años, pero siempre ha salido mal. Eres la número treinta y siete. Ojalá contigo funcione.
A Cristina se le erizó la piel, sentía un escalofrío recorrerle la espalda.
¿Cómo podía haber terminado en algo tan enfermo?
—¿Fue Marisol quien te pidió que me llevaras?
—¿Marisol? —Jesús parpadeó, sin entender nada.
Cristina decidió no seguirle la corriente.
—¿Sabes que secuestrar y obligar a alguien es un delito? ¡Déjame ir!
Jesús se acercó, estirando los brazos como si fuera a abrazarla.
—En cuanto el embrión esté listo, te vas. Te lo juro, no será mucho tiempo.
Apenas la rozó, Cristina empezó a forcejear desesperada.
—¡Estás loco! ¡No me toques, suéltame!
—Tranquila, tranquila —intentó calmarla Jesús—. No me expliqué bien. No pienso tocarte ni quiero que quedes embarazada. Solo necesito tus óvulos.
Intentó llamarla, pero el teléfono estaba apagado.
En cambio, el teléfono de Jesús sí daba tono.
Él insistió en que, después de la cena, Cristina y él se separaron en la puerta del restaurante y no sabía a dónde ella había ido.
A Ángela le cayó el mundo encima.
Pasó la noche en vela, sin recibir noticias de su amiga.
A la mañana siguiente, consumida por la ansiedad, fue a Residencial Bahía Platina a esperar a Octavio.
En la foto que Cristina le había mandado anoche, durante la cena, aparecían tanto Jesús como Octavio y Marisol.
Cuando el lujoso carro negro salió lentamente por la entrada de Residencial Bahía Platina, Ángela saltó de repente desde la banqueta.
Marco frenó de golpe, evitando atropellarla por poco.
—Señorita Montoya, ni aunque tuviera siete vidas debería hacer eso —bajó del carro rápidamente para ver si estaba bien.
—¿Dónde está Octavio? Que baje —exigió Ángela, sin rodeos.
Marco frunció el ceño, advirtiéndole:
—Señorita Montoya, ni el doctor Montoya se atreve a hablarle así al señor Lozano. Le recomiendo que cuide su tono.

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