—¿Por qué está anulado? ¡Esto lo sacamos directamente de los organizadores! —Ángela ya no pudo aguantarse y alzó la voz, el coraje pintado en la cara.
—¿Acaso fue Octavio quien les ordenó hacer esto? —insistió, mirando a los encargados del acceso.
Pero los trabajadores ni se molestaron en darles una explicación. Simplemente las apartaron a un lado, dejando pasar al resto de los representantes de empresas que participaban en el foro.
En ese momento, un hombre se detuvo justo frente a ellas.
—¿Señorita Pérez? —preguntó Francisco, tanteando.
Cristina llevaba puesto un gorro y unos lentes oscuros, apenas se le veía el rostro, pero al cruzar la mirada, asintió con la cabeza.
—Señor Jurado.
Francisco notó que se quedaban afuera y esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Octavio ya lo avisó: quiere que las bloqueen a toda costa. ¿Todavía no piensan rendirse?
Cristina le sostuvo la mirada, firme.
—¿Señor Jurado, usted podría ayudarnos a entrar? —preguntó, midiendo cada palabra.
Francisco alzó las cejas, sin decir nada.
Cristina entendía bien el precio de pedirle un favor.
—Si me ayuda, le devolveré el favor cuando sea necesario.
Francisco la miró de arriba abajo, con una expresión burlona.
—Sin el respaldo de tu esposo, y sin el estatus de la señora Lozano, ¿qué podrías ofrecerme tú?
Cristina entendió el mensaje. Él no pensaba ayudarla, así que apartó la vista, dispuesta a buscar otra salida.
Justo entonces, Francisco se volvió hacia los encargados.
—Estas dos son amigas mías.
El personal cambió de actitud al instante.
—Tecnología Prisma tiene cuatro invitaciones, señor. Sus amigas son bienvenidas. Pasen, por favor.
Así es el mundo: todo depende de con quién te relaciones.
Cristina y Ángela entraron al recinto junto a Francisco, pero como no llevaban gafete de Dinámica Suprema, ni siquiera tenían asiento asignado.
Por suerte, todavía faltaban veinte minutos para que iniciara el evento. Muchos empresarios estaban en los stands de afuera, revisando productos.
Francisco volvió a mirar a Cristina, entretenido.
—¿Seguirán conmigo? —preguntó, como si no tuviera prisa.
Pero Cristina sabía que aceptar su ayuda era hacerse de una deuda peligrosa.
Bajó la vista.
—Gracias, señor Jurado, por dejarnos entrar. En adelante, no queremos molestarle más.
—Entonces, que tengan suerte.
Francisco sonrió y, con su séquito de asistentes, se marchó con aire engreído.
—Quien logre la innovación tecnológica se llevará el liderazgo del sector.
Julio suspiró.
—Pero, que yo sepa, en todo el mundo no hay ningún avance real en esa área.
Apenas terminó de hablar, vio de reojo en el segundo piso a alguien conocido. Se despidió de Octavio y se fue de inmediato.
En ese momento, Marco se le acercó a Octavio y le susurró:
—Señor Lozano, los de Dinámica Suprema lograron entrar. No pudimos detenerlos.
El semblante de Octavio cambió, y estuvo a punto de decir algo, cuando, de repente, una voz femenina y clara se escuchó desde el stand de Industria Fuerte.
—Xavier, ¿su empresa puede garantizar que el camión eléctrico alcance 800 kilómetros de autonomía y se cargue en quince minutos?
Xavier volteó para ver de dónde venía la pregunta. Como Cristina iba tan cubierta, no la reconoció, pero su voz le resultó familiar.
Su asistente se adelantó, molesto.
—¿Vienes a armar lío? ¿Dónde están los guardias? ¡Guardias!
Pero Xavier lo detuvo con un gesto, curioso.
—A ver, muéstranos de qué eres capaz.
El corazón de Cristina latía con fuerza. Sabía que el efecto del medicamento estaba por terminar.
Respiró hondo, se armó de valor y, con mano firme, sacó el paquete de baterías del maletín.

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