Francisco era un hombre educado, al menos en apariencia; no podía permitirse perder la compostura frente a una mujer.
—Ningún hombre quiere a una mujer demasiado lista.
No era la primera vez que le soltaba esa frase.
Cristina arqueó una ceja, desinteresada.
—Me basta con quererme yo misma. No necesito que nadie más me quiera.
Francisco entrecerró los ojos.
—Ojalá pienses igual cuando se trate de mi hermano.
Al escuchar de nuevo el nombre de Ernesto, Cristina guardó silencio. No estaba claro en qué pensaba, pero la conversación se detuvo de golpe.
Francisco se quedó sin palabras, una vez más, justo delante de Cristina.
La secretaria, al ver la expresión de Francisco, supo enseguida que él había vuelto a chocar contra la firmeza de Cristina.
¿De verdad una ama de casa criada entre algodones durante cuatro años podía ser tan letal apenas ponía un pie en el trabajo?
—Señor Jurado, ¿por qué no investiga la relación entre la señorita Pérez y el señor Ernesto?
Francisco se detuvo de repente...
...
El estado de salud de Cristina ya era suficientemente bueno para que le dieran de alta.
Sin embargo, debido a que desde la dirección habían dado instrucciones especiales, el médico prefirió ser cauteloso y le pidió que permaneciera un día más bajo observación.
En esos días, el sueño de Cristina era un desastre: caía rendida cuando el cansancio la vencía, solo para ser arrancada del descanso por pesadillas recurrentes.
Al caer la tarde, después de que la enfermera le realizara un chequeo rutinario, Cristina volvió a quedarse dormida.
Otra vez soñó con agujas de acero clavándose en su abdomen, pero esta vez el dolor la atravesó como nunca antes.
Despertó sobresaltada, jadeando, sumida en la penumbra de la habitación.
La mano de un hombre reposaba sobre su frente, y él no alcanzó a retirarla antes de que sus miradas se cruzaran.
Cristina fue la primera en reaccionar. Apartó su mano, se incorporó con cuidado, acariciándose el vientre, y lo miró con desconfianza.
—Yo... solo quería saber cómo estabas, asegurarme de que todo estuviera bien.
—¿Me quieres? ¿Eso es lo que llamas quererme? ¿Entregarme a la familia de Sebastián para que me sacaran médula? ¿Eso es amor?
—¿O te refieres a que siempre supiste que me rodeaba el peligro, pero nunca me avisaste? ¿Eso también es tu amor?
—Y sabiendo que estaba embarazada, aprovechaste que estaba herida para que alguien me hiciera un aborto sin que yo supiera...
—No —Octavio la interrumpió con desesperación—. Yo no sabía que estabas embarazada. Fue por lo grave que llegaste, el bebé no se pudo salvar. Por eso le pedí a Elián que te programara el procedimiento. No quería verte sufrir, así que le pedí que no te dijera nada. Podemos tener más hijos, te lo prometo.
—¿De verdad crees que aún puedo tener hijos? —Cristina lo miró con los ojos llenos de lágrimas, a punto de quebrarse—. ¿No será más bien que ya tenías todo planeado? ¿Esperabas a que yo no pudiera tener hijos para meterme el hijo ilegítimo tuyo y de tu hermana y que encima yo les diera las gracias?
—No... Jamás he pensado algo así.
Cristina dejó escapar una sonrisa amarga.
—Entonces, ¿es porque no has encontrado a alguien más conveniente para tu hermana? ¿Solo me soltarías cuando ya no te sirva para nada?
—No, eso no es cierto...
La voz de Octavio se rompió, y su ánimo empezó a desmoronarse.
—¿No es cierto? —Cristina soltó una carcajada irónica—. Entonces, ¿te atreves a negar que te importa más Marisol que mi vida?

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