Las palabras de Cristina se clavaron en el pecho de Octavio como si fueran un puñal.
Octavio se quedó sin respuesta, el dolor y la confusión se peleaban por adueñarse de su cara.
Pasó un buen rato antes de que pudiera pronunciar apenas dos sílabas:
—Cristi…
—¡No me llames así! —lo interrumpió Cristina.
Se levantó un poco la blusa y, sin titubear, dejó al descubierto una cicatriz horrible en el abdomen.
—Soy una persona de carne y hueso. Cada vez que me lastimaste, me dolió. Por todas las cicatrices que me dejaste, ¿de verdad no puedes aceptar el divorcio y dejarme al menos un poco de libertad?
Cualquier excusa que Octavio tuviera se desmoronó frente a esas marcas en la cintura, que parecían ramas secas creciendo sobre una tierra yerma.
Estaba a punto de acercarla a su pecho, pero el celular vibró en su bolsillo.
Era Marco.
—Señor Lozano, la señorita Silva tuvo una recaída. Se niega a recibir tratamiento y lleva tres días sin probar bocado. El psicólogo ya no sabe qué hacer, parece que solo usted puede resolverlo si viene al hospital.
El dolor en los ojos de Octavio desapareció de golpe, y su mirada oscura se volvió un remolino.
—Si de verdad quiere verme… que espere.
Colgó sin dudar, y, como si hubiera tomado una gran decisión, se volvió hacia Cristina.
—Espera a que te dé una respuesta. Después decides si quieres o no el divorcio.
A Cristina le empezó a doler la cabeza.
Ya había hecho público el escándalo con su hermanastra, le había cerrado las puertas a muchos negocios de la empresa, ¿cómo podía Octavio seguir pensando que aún había oportunidad entre los dos?
Reflexionó un instante, tomó el teléfono sin mirar la hora, y marcó.
Tardó en responder. Del otro lado, Ángela contestó con voz adormilada:
—¿Sigues sin salir del hospital? ¿Tu problema de sueño empeoró?
—Publica otro aviso: cualquier empresa que trabaje con el Grupo Alfa tampoco tendrá la oportunidad de colaborar con nosotros.
En ese instante, a Ángela se le quitó el sueño.
—¡Hermana, vas con todo! Lo vas a dejar sin salida…
—¿Tan rápido terminaron? Si Cristina ya lo arrinconó, ¿cuándo se van a divorciar?
Marisol, que hasta hace poco parecía débil, contestó con sequedad:
—¿Divorciarse? Cristina ganó. Nosotros ya perdimos.
—¿Qué? —Julieta no podía creerlo.
—Todo por tu culpa, por no tener dos dedos de frente. Cristina siempre te pasó por encima, nunca supiste defender el lugar de la familia Lozano. Ahora, Octavio ya no va a mantenerte ni a ti ni a mi tío. Yo también me tengo que ir. No habrá más dinero para tratarte, así que ve preparándote para el final.
—¡No puede ser! ¡Eso no! —Julieta palideció, aterrorizada.
Aunque su enfermedad estaba avanzada, nunca dejó de buscar especialistas de todas partes para atenderla en Valenciora.
Si oía hablar de algún medicamento nuevo, hacía hasta lo imposible por conseguirlo, sin fijarse en el precio.
Con Octavio como sostén, el dinero nunca fue problema.
Marisol la miró de arriba abajo, con una expresión difícil de descifrar.
—Ahora todo depende de si Cristina quiere o no salvarte. Piensa un poco antes de actuar. Discutir con ella no te va a servir de nada. Solo logras que ella saque ventaja y tú te quedes sin nada.

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