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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 233

Tobías se quedó pensando unos segundos, frunciendo el ceño ante la sugerencia de Saúl.

—Ella tiene las defensas bajas. ¿Y si se contagia de algo?

Saúl solo se quedó callado, sin saber qué responder.

Después, Tobías fue por una jeringa desechable, le quitó la aguja y, con paciencia, aspiró el jarabe para la fiebre. Poco a poco, fue dándoselo a Cristina, con sumo cuidado.

Saúl no soportó la escena y se fue a esperar las instrucciones al living.

Cuando terminó de darle el medicamento, Tobías intentó acomodar a Cristina en la cama, pero en ese momento se dio cuenta de que ella había sujetado el bolsillo de su pantalón de vestir. No supo cuándo lo hizo.

Probablemente por la fiebre que seguía subiendo, Cristina murmuró con voz débil:

—Tengo frío…

Sin pensarlo, lo abrazó de repente, rodeando su muslo con sus brazos.

Un escalofrío recorrió la espalda de Tobías, tan súbito como inesperado.

El calor de los brazos de Cristina traspasaba la tela del pantalón, como si una brasa suave se posara sobre su piel, haciéndole arder la pierna.

Sin darse cuenta, apretó los músculos de las piernas y tragó saliva.

—Oye… —le habló en voz baja, ronca—, ¿puedes soltarme?

Pero la mujer, perdida entre el sueño y el delirio de la fiebre, lo apretó todavía más fuerte, hundiendo la cara en su pierna como si buscara refugio.

Tobías sabía que cuando la fiebre subía uno podía sentir escalofríos y buscar calor, pero la fuerza con la que ella lo sostenía era otra cosa: parecía alguien que se estaba ahogando y se aferraba a un tronco para no hundirse.

Sostuvo el aire por un momento y, finalmente, suspiró. Con la palma caliente, le acarició la frente ardiente con una ternura inusitada.

—Aquí estoy. Mientras me necesites, no vas a estar sola.

...

Tobías se recostó un rato en la cabecera de la cama, respirando hondo para calmarse. De pronto, abrió los ojos y arrugó la frente, preocupado.

Bajó la mirada hacia la mujer que seguía a su lado. Aunque la fiebre ya no subía, Cristina aún no lo soltaba.

Intentó separar los dedos de ella, pero apenas lo intentó, Cristina lo abrazó más fuerte.

Tobías respiró hondo, como si cada intento le costara el doble.

—Saúl —llamó en voz baja.

Saúl apareció de inmediato, casi corriendo desde la sala y asomándose a la puerta.

—¡Sí, señor!

Saúl salió disparado de la habitación, sin atreverse a mirar atrás.

...

A la madrugada, Cristina por fin bajó la fiebre, pero quedó atrapada en una pesadilla. Incluso comenzó a llorar.

Tobías, ya cambiado, con un pantalón gris y tomando café en la sala, escuchó el llanto y dejó la taza a un lado, corriendo hacia la habitación.

—¿Qué pasa?

Apenas terminó de hablar, vio a Cristina hecha un ovillo sobre la cama, con la cara pálida y las lágrimas empapando la almohada, dejando una mancha oscura.

Sintió que algo le apretaba el pecho, como si un puño invisible le robara el aliento.

Sin pensarlo, se sentó en el borde de la cama y la abrazó con fuerza, atrayéndola hacia su pecho.

Las lágrimas de Cristina atravesaron la tela de su camisa, quemándole la piel y el corazón.

—Ya pasó, ya pasó…

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