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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 379

El corazón de Begoña dio un brinco y, por reflejo, intentó disimular.

—¿De qué hablas? No... yo no dije nada malo, seguro escuchaste mal.

—No hace falta que lo niegue, señora —la interrumpió Salomé con voz suave y una sonrisa aún más marcada—. Le juro que lo escuché todo. Para serle sincera, yo tampoco soporto a Cristina. Siempre anda buscando cómo acercarse a mi cuñado, y ya cansa.

—¿Qué? —Begoña dejó caer su máscara y soltó, llena de rabia—. ¿Así que todo eso de querer agradecerle y aceptar ser la prometida de mi hijo era solo una excusa para acercarse a Tobías? ¿Solo quiere que Tobías le facilite las cosas? ¡Sabía que esa mujer no era tan sencilla!

Salomé le echó una mirada rápida y no pudo evitar sentir desprecio por su ingenuidad.

La relación entre Cristina y Tobías era algo que no podía soltar tan a la ligera.

Por un lado, le preocupaba cómo pudiera reaccionar Tobías. Por otro, tampoco le convenía a ella sacar todo a la luz, así que prefería cubrirles las espaldas por ahora. Quizá más adelante pudiera usar esa información a su favor.

Aunque ya había dado pistas más que claras a la señora Jurado, esta no terminaba de entender...

Miró a Begoña, con un tono de superioridad, como si le estuviera explicando lo obvio.

—Para tratar con gente así, lo mejor es tenerla a la vista. Póngala en un lugar donde crea que está logrando lo que quiere, pero en realidad no pueda escaparse. Así, señora, usted decide cuándo y cómo va a ponerla en su lugar. Despacio, con calma, es mucho más entretenido, ¿no cree?

Al escucharla, los ojos de Begoña brillaron. Su cara mostró una mezcla de comprensión y una especie de emoción maliciosa, como si ya estuviera viendo a Cristina atrapada en la palma de su mano.

...

Esa noche, Cristina volvió a su departamento y se dio un baño.

Pensando en la discusión que había tenido más temprano con Tobías, llegó a la conclusión de que deberían platicar con calma.

Así que fue al departamento de al lado.

Tocó el timbre varias veces, pero nadie respondió.

Tal vez todavía no había regresado.

Recordó que en la mañana él le había dado la contraseña. Cristina dudó un poco, pero terminó por teclearla y entró.

Todo seguía igual que cuando se había ido por la mañana, salvo que en la cocina los platos y las ollas ya estaban perfectamente limpios y colocados en su sitio.

Cristina se imaginó a Tobías, solo, tirando a la basura el desayuno que no terminaron, lavando los trastes con el ánimo por los suelos.

Sintió un poco de remordimiento. Debería haberle preguntado las cosas con tranquilidad esa mañana.

Ya con dolor de cabeza, decidió ir a comprar medicina.

En eso, sonó su celular con un número desconocido.

Dudó, pero contestó.

—¿Hola? ¿Señorita Pérez? Soy el asistente del señor Jurado. El señor Jurado quiere invitarla a tomar algo. ¿Tiene tiempo en este momento?

¿Qué quería Gustavo con ella?

Cristina se quedó congelada, el teléfono pegado a la mano...

Cuando llegó a la casa de té japonesa, el asistente que la había llamado la esperaba en la entrada.

La llevó a un salón privado.

Dentro, Gustavo estaba sentado sobre un tapete, preparando la bebida.

A pesar de tener más de cincuenta años, él seguía en excelente forma; la camisa a la medida resaltaba su físico firme. Su mirada transmitía serenidad y autoridad. Cada movimiento suyo tenía una elegancia natural, el tipo de confianza que solo dan los años.

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