El gerente miró de reojo a aquel hombre que no se daba cuenta de que su carrera estaba acabada.
—¡Idiota! Tu visión es tan limitada que vas a hundir al hotel.
Lidia cerró la puerta y se estiró las muñecas.
—Es la primera vez en mi vida que disfruto tanto darle una paliza a alguien, pero… ¿no te traerá problemas?
—¿Cómo que “traerme problemas”? ¿Acaso no fui yo la que te dijo que lo hicieras?
Las palabras de Cristina hicieron que Lidia sonriera de oreja a oreja.
Tras un par de segundos de silencio, Cristina se giró hacia la ventana y levantó la barbilla.
—Precisamente quería llamar la atención de la familia Rivas. A ver qué pueden hacer ese par de hermanitas para evitar que vengan a buscarme.
Lidia no entendió del todo el plan y se quedó a un lado, rascándose la cabeza, confundida.
…
Aunque Salomé tenía el trasero despellejado, no se lo dijo a sus padres adoptivos. Primero llamó a Betina.
Cuando Betina llegó al hospital, a Salomé ya le estaban poniendo suero.
—Hermana… no pude recuperar la grabación —sollozó Salomé—. Cristina no solo me quitó a mi hombre, sino que también me golpeó. ¿De verdad no podemos hacerle nada?
Al ver a su hermana tan herida, Betina sentía rabia por la crueldad de Cristina y, a la vez, frustración por la inutilidad de su hermana, que ni para ser un peón servía.
—Te dije que su guardaespaldas era muy buena para los golpes, que llevaras más gente, pero no me hiciste caso. Y ahora mírate, no solo no ganaste nada, sino que te llevaste esta paliza.
—¿Y cómo iba a saber yo que era tan fuerte? Cuatro hombres no pudieron con ella ni un segundo. Digámoselo a mamá, ella seguro sabrá cómo ponerla en su lugar.
—¿Estás tonta? Con lo mucho que se parece a mamá, ¿crees que ella tendría el corazón para hacerle algo?
Las palabras de Betina hicieron que Salomé frunciera el ceño.
—¿Entonces me tengo que aguantar? ¡No puedo con esto!
—Ya mandé a que la vigilen —dijo Betina con frialdad—. En cuanto le encontremos un punto débil, habrá mil maneras de acabar con ella.
Salomé terminó con el suero al anochecer. No quería que sus padres se enteraran de lo que había pasado, así que no podía quedarse en el hospital y tenía que volver a casa como si nada.
Intentó levantarse de la cama, pero un dolor agudo en el trasero la hizo contener el aliento; apenas podía mantenerse en pie.
Betina pensaba lo mismo.
Así, con Salomé acostada en el asiento trasero, Betina condujo hasta el restaurante, listas para fotografiar la cita de Cristina.
Al llegar, no tardaron en encontrarla.
Cristina llevaba un vestido de manga larga con un corte impecable, mucho más arreglada que de costumbre.
En ese momento, conversaba con un hombre que les daba la espalda.
Su expresión era relajada y sus ojos brillaban con una sonrisa, lo que inevitablemente daba lugar a todo tipo de especulaciones.
Salomé, escondida detrás de una columna y aguantando el dolor punzante en el trasero, levantó su celular y, apuntando en esa dirección, susurró entre dientes:
—A ver con qué mantenido se está viendo esta no…
No terminó la palabra. De repente, se quedó helada.
—¡Hermana! —le dio un tirón en la manga a Betina—. Creo que a la que le están poniendo el cuerno es a ti.
***

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