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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 495

Betina aguzó la vista. Justo en ese momento, el hombre que les daba la espalda se giró para hablar con un mesero.

Ese rostro era, sin lugar a dudas, el de Eduardo, el mismo que esa mañana había rechazado ir a comer con la familia Rivas porque tenía un “compromiso”.

La sangre pareció congelársele a Betina en las venas. El celular con el que iba a tomar la foto casi se le cae de las manos.

Desde la mañana había sentido que algo andaba mal entre ellos dos, y su intuición no le había fallado.

—Hermana —la sacudió Salomé—, ¿por qué tienes los ojos tan rojos? ¿No será que se te subió la presión?

—¡Cristina… Cristina! ¡Me las vas a pagar!

Betina reprimió la furia que le subía a la cabeza, buscó un número en su lista de contactos y marcó.

Eduardo estaba contándole a Cristina anécdotas de la preparatoria cuando, de repente, un bastón le cayó en la espalda.

No tuvo tiempo de esquivarlo y el golpe le dio de lleno.

Se giró y, en lugar de enojarse, se puso de pie respetuosamente.

—Abuelo, ¿qué haces?

En ese instante, todo el restaurante los estaba mirando.

El anciano, Genaro Amaya, señaló a Cristina.

—¡El prestigio de la familia Amaya no es para que lo derroches en lugares como este y con mujeres de dudosa reputación!

Las palabras “mujeres de dudosa reputación” resonaron en el aire como un latigazo, cargadas de humillación.

—¡Haciendo esto, le faltas al respeto a Betina!

El anciano, furioso, golpeó el suelo con su bastón.

—Abuelo, ¿quién te vino con el chisme? Solo estamos comiendo…

—¡Señor!

Cristina apretó el vaso de agua que sostenía, sus nudillos se pusieron blancos, pero mantuvo una sonrisa educada en el rostro.

Interrumpió a Eduardo y se enfrentó a la situación.

—Dice que su nieto lo avergüenza, ¿pero usted no se avergüenza de sí mismo? Usted no se molesta en averiguar nada y ya le está colgando el letrero de “dudosa reputación” a todo un género. ¿O es que en su mente solo los de su género son nobles y correctos?

—Cristi, ya basta —le susurró Eduardo.

—Señor Lozano… —la actitud de Genaro cambió al instante—. Usted y ella… ¿Qué hacen…?

Octavio sonrió levemente.

—Es mi exesposa. Vinimos juntos a Clarosol por trabajo. Supongo que no sabía que ella y su nieto fueron compañeros en la preparatoria.

Genaro, en efecto, no lo sabía y se quedó sin palabras.

Octavio continuó con una sonrisa:

—Esta tarde me enteré de que su nieto había reservado en este restaurante para invitar a mi exesposa a cenar. Ella no sabía que era un lugar al que solo se puede entrar en pareja, por lo que me pareció inapropiado. Pero su nieto insistió en que aquí preparan un platillo que no se encuentra en ningún otro lado.

Cualquiera con dos dedos de frente entendía el mensaje: Eduardo se había pasado de listo con su exesposa.

Octavio hizo una breve pausa y miró a Eduardo con malicia.

—Gracias por la invitación, pero ella no irá con ustedes a la mansión Amaya. Nos retiramos.

Dicho esto, extendió la mano para rodear el hombro de Cristina y llevársela.

***

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