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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 496

Pero Cristina, anticipando su movimiento, tomó su bolso y dio dos pasos hacia adelante.

La mano de Octavio quedó suspendida en el aire, y con una expresión de incomodidad, la bajó y la siguió.

Al pasar junto a Eduardo, Cristina lo miró con calma, pero su voz era afilada.

—La amistad de la preparatoria no vale nada si es falsa. Espero, señor Amaya, que me dé una evaluación justa en la solicitud de mi amigo. Y que no se le olvide que soy capaz de filtrar esa grabación. Usted decide.

Eduardo frunció el ceño.

—Fue un malentendido. Te lo explicaré otro día.

Sin embargo, Cristina lo ignoró y salió del lugar.

El rostro de Genaro se tornó de mil colores.

Eduardo, que seguía sosteniéndolo, dijo:

—Abuelo, ¿acaso no conoces a Betina? Una vez más te dejaste manipular por ella.

Y así, abuelo y nieto abandonaron el restaurante bajo la mirada curiosa de todos.

Cristina llegó a la entrada del restaurante, donde el viento nocturno la golpeó con su frescura.

Octavio la alcanzó rápidamente y la tomó de la muñeca. Su tono era amable, pero no admitía réplica.

—Te llevo.

Cristina se soltó de un tirón.

—Qué oportuna su llegada, señor Lozano. No me diga que otra vez estaba esperando a Julia. El mismo truco no funciona dos veces.

Octavio apretó los labios.

—Cristi, me bloqueaste. No podía contactarte, así que tuve que pedir que te buscaran y te siguieran. ¿No ves que tú me obligaste a hacerlo?

Así que, como siempre, todo era culpa de ella.

A Cristina le pareció que hasta dedicarle una sonrisa de fastidio era demasiado. Ya ni siquiera quería hablar con él.

—No seas terca, vamos a otro lugar a hablar —insistió Octavio.

—No tenemos nada de qué hablar.

Ese hombre jamás le habría hablado con la arrogancia de Octavio.

Recordaba que, cada vez que discutían, sin importar quién tuviera la culpa, siempre era él quien cedía, quien se disculpaba y la consolaba.

Cristina nunca había querido competir por tener la razón en su matrimonio, pero esa forma casi instintiva de Tobías de ceder y comprender la hacía sentir, con una claridad abrumadora, que era alguien a quien él amaba con un cuidado y una entrega casi reverencial.

Aunque el pasado le había dejado una espina clavada en el corazón que todavía dolía, ese dolor no podía borrar el hecho de que en ese momento lo extrañaba con locura.

Lidia, sin saber en qué pensaba, miró por el retrovisor y la llamó para sacarla de sus pensamientos.

—Cristina, el plan original era provocar a Betina para que quedara en ridículo delante de todos. Mientras más humillada se sintiera, más rápido perdería el control. Pero Octavio lo arruinó todo. ¿Cambiamos de estrategia?

—No es necesario —respondió Cristina con calma, segura de sí misma—. Le dejé una espina clavada a Eduardo. Cuando vuelva, seguro que irá a buscarle pleito a Betina.

Justo cuando terminó de hablar, sonó su celular.

Era Tobías.

Era la primera llamada que le hacía después de más de cuarenta horas de silencio.

***

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