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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 501

La mirada de Cristina desprendió una ferocidad inusitada.

—Entonces, ¿cómo crees que un hombre tan astuto como Román terminó en estado vegetativo?

Las palabras de ella dejaron a Hilario genuinamente sorprendido por un momento.

Luego, su rostro afable fue completamente reemplazado por una expresión sombría.

—Bien, muy bien, puedes irte.

A continuación, esbozó una sonrisa fría, conteniendo a la fuerza su ira, pero su tono seguía siendo tranquilo.

—Lo que yo pido, se convierte en regla. Hasta ahora, nadie ha roto esa regla. Mañana te convertirás legalmente en mi esposa, y luego los accidentes comenzarán a suceder uno tras otro. Según la ley, como tu esposo y único heredero, todo lo tuyo, incluido «AbreLatam», pasará a ser mío de manera perfecta.

Las pupilas de Cristina se contrajeron. Definitivamente, Valenciora era un pañuelo. Conocer a un pez tan gordo como Hilario era lo que de verdad te rompía los esquemas.

En ese momento, con un «ding», la puerta del elevador se abrió. La secretaria salió rápidamente y sin hacer ruido, se acercó a Hilario y le susurró algo al oído.

La expresión de control absoluto en el rostro de Hilario se tensó ligeramente, y las arrugas en las comisuras de sus ojos se profundizaron de forma casi imperceptible.

—Interesante. Déjalo subir.

No pasaron ni dos minutos cuando las puertas del elevador se abrieron de nuevo, y un hombre que no había visto en días salió de él.

Cristina se sorprendió de que apareciera en ese momento.

Por su parte, la mirada de Tobías recorrió la habitación con calma y, al ver a Cristina sentada y a salvo, sintió que se le quitaba un peso de encima.

Luego, dirigió su vista hacia Hilario, con una voz desprovista de emoción.

—Cuánto tiempo sin vernos, señor Castillo. ¿Cómo ha estado de salud?

Hilario permaneció sentado, sin levantarse, con una sonrisa «amable» en el rostro.

—No me quejo. Uno ya está viejo, pero estos huesos todavía aguantan. Ahora que tu estatus es diferente, que en medio de tu apretada agenda te tomes el tiempo de irrumpir en mi humilde morada, de verdad que halaga a este viejo.

Mientras hablaba, Tobías ya se había sentado al lado de Cristina por su propia cuenta.

—No diga eso, señor Castillo. Usted tiene discípulos y viejos amigos por todo el mundo. Cuántos no desearían escuchar sus enseñanzas sin tener la oportunidad. Hoy simplemente vine con prisa a visitarlo con mi esposa. Le pido disculpas por mi brusquedad.

No respondió, simplemente tomó la mano de Cristina con calma y se levantó junto a ella.

—Agradecemos su detalle, señor Castillo, pero no lo molestaremos más por hoy. Nos retiramos.

Dicho esto, se dispuso a irse con ella.

Pero Hilario habló a sus espaldas con voz grave.

—Un momento.

Su mirada se posó en Cristina.

—Que tu esposa deje el antídoto para esa cosita que trae en su perfume.

Tobías se detuvo, giró la cabeza para mirar a Cristina y, como si comprendiera algo, una leve sonrisa apareció en sus labios. Su tono era de una indulgencia resignada.

—Mi esposa es algo juguetona. Disculpe las molestias, señor Castillo.

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