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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 92

—Tú —Julieta señaló la puerta con el dedo—, ve a comprarme atole de calabaza.

Cristina frunció el ceño.

—¿A estas horas? ¿Dónde se supone que venden atole de calabaza en plena madrugada?

—No me importa —Julieta le tiró con desdén—. Si me dejas con hambre, le voy a decir a mi esposo. Créeme, él sí sabrá cómo arreglártelas.

El método de Sebastián era sencillo: le quitaba el dinero para las medicinas del abuelo de Cristina.

Cristina tragó su coraje y se levantó de la cama.

Normalmente, no le permitían salir del hospital, pero con la orden de Julieta, los dos guardias la dejaron pasar.

El clima no ayudó en nada, porque apenas salió, un aguacero cayó con furia.

Cristina terminó empapada de pies a cabeza.

Ya venía arrastrando fiebre, y aun así fue a buscar el atole de calabaza. Cuando regresó y llegó frente al edificio de hospitalización, el cuerpo le falló.

Óscar estaba de guardia esa noche. Al salir de una habitación, alcanzó a ver a alguien bajo la lluvia, hecho un guiñapo. No lo pensó dos veces: bajó corriendo.

En medio de la tormenta, levantó a Cristina en brazos. Solo entonces notó lo caliente que estaba su cuerpo.

No perdió tiempo y la llevó directo a urgencias.

Le tomaron la temperatura: treinta y nueve punto ocho.

—¿Cómo es posible que permitan que la tengan así? —Óscar no pudo ocultar su enojo.

Cristina, empapada y temblando, se sentó en la camilla de suero. Lo miró con indiferencia.

—Ponme la medicina de una vez. En cualquier momento esa mujer va a buscarme otra vez.

Óscar sintió una punzada de compasión. Al fin se atrevió a decir lo que llevaba rato dándole vueltas en la cabeza.

—Señorita Pérez, la persona que hizo el análisis a su suegra se llama Martín. Según el reglamento del Centro de Análisis Preciso, el laboratorio guarda dos muestras más de su suegra, en la bodega. El número es 7016w. Si tiene razones suficientes, puede solicitar que alguien más haga la revisión…

No podía decirle más.

Cristina apenas parpadeó; la fiebre la tenía sin fuerzas.

En eso, una enfermera entró con ropa de hospital para que se quitara la ropa mojada.

Óscar puso como excusa que debía revisar a otros pacientes y salió del cuarto.

Cristina se cambió. Enseguida, la enfermera regresó y le aplicó una inyección para bajarle la fiebre.

En ese momento, una figura pasó por el pasillo, se detuvo y regresó.

Elián entró a la habitación.

Aún llevaba manchas de sangre en la bata blanca, secuela de una emergencia reciente.

—¿Otra vez en urgencias? —preguntó.

Marisol apenas iba a recargarse en su pecho cuando, de pronto, Octavio la apartó y la arrojó fuera de la recámara.

Se quedó pasmada.

—¿O...Octavio?

—¿Qué haces aquí? —preguntó él, con el ceño fruncido.

—Te estaba buscando. No respondías los mensajes, y me dio sueño… Así que quise darme un baño antes de dormir. Pero olvidé mi pijama, tuve que tomar una de las de mi cuñada. Y justo llegaste tú…

Pero la explicación no mejoró el ánimo de Octavio.

—La próxima vez, si tienes algo que decirme, busca a Marco. No vengas aquí. Y no uses la ropa de Cristina, a ella no le gusta que otros la toquen.

Marisol clavó las uñas en el suelo, pero mantuvo la pose de víctima.

—Ya entendí. Perdón, Octavio.

Intentó levantarse, pero el golpe la hizo volver a sentarse en el piso.

Octavio, aún molesto, fue a ayudarla.

Marisol llevaba puesta una bata de dormir de Cristina, de esas que solo usaba cuando estaban en plan romántico.

Blanca, ligera, con ese toque provocador que la volvía irresistible.

Marisol estaba convencida: eso era su mejor arma para conquistar a cualquier hombre.

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