En un lujoso reservado de luz tenue, Raimundo ocupaba el lugar principal en el sofá. Vestía una camisa y pantalones de vestir negros. Las mangas de la camisa estaban arremangadas un par de veces, dejando al descubierto sus antebrazos musculosos y un reloj de acero de varias decenas de millones en la muñeca. Su apariencia, atractiva y distinguida, actuaba como un imán, atrayendo las miradas de todas las mujeres del bar.
A su lado estaba su buen amigo, Felipe Sandoval, el heredero de la familia Sandoval, acompañado de otros cuantos ricos herederos.
—¿Qué dices, Rai? ¿Que Florinda quiere divorciarse de ti? —rio Felipe a carcajadas.
Los otros herederos también se rieron.
—Todo el mundo sabe que Florinda está perdidamente enamorada de nuestro presidente Ortega. Incluso se desvivió por casarse con él cuando estaba en coma. ¿Cómo va a querer divorciarse ahora?
—Hagamos una apuesta. A ver cuántos días aguanta Florinda sin buscar a Rai.
—Yo apuesto a que Florinda no aguanta ni hasta hoy —dijo Felipe—. Verán que en un rato le manda un mensaje a Rai, ja, ja.
Los rasgos del atractivo rostro de Raimundo se veían sombríos y afilados; era evidente que no estaba de buen humor.
Sacó su celular y abrió la conversación de WhatsApp con Florinda.
El último mensaje era de la noche anterior. Florinda le había enviado la foto de un tazón de caldo de res con un texto: «Mi amor, aunque la densidad de tus huesos ya es normal, tienes que seguir tomando caldo de res. Recuerda volver a casa temprano».
Si deslizaba hacia arriba, todo eran mensajes de Florinda. Le escribía todos los días.
Él nunca le había respondido.
Ni una sola vez.
Hoy, todo estaba en silencio. No le había enviado ningún mensaje.
Raimundo sintió una opresión en el pecho.
*Ding*.
En ese momento, llegó un mensaje de texto.
—¿Qué les dije? —exclamó Felipe a su lado—. ¡Florinda le mandó un mensaje a Rai!
*Ding, ding, ding*.
Llegaron varios mensajes seguidos.
Los herederos estallaron en carcajadas.
—Sabíamos que la mujercita no aguantaría, ¡pero no pensamos que sería tan rápido!
No había ninguna súplica de reconciliación, solo notificaciones de gastos.
Todos se quedaron sin palabras.
Era como si Florinda les hubiera dado una bofetada a distancia. La situación era bastante incómoda.
Con el rostro lívido, Raimundo dejó el celular sobre la mesita. No le importaba cuánto dinero había gastado Florinda, sino que se hubiera ido de compras justo después de pedir el divorcio. ¡Esa mujer era increíble, realmente increíble!
Parecía que la mujer que durante tres años había sido sumisa y dependiente de él, de repente había sacado las garras.
—Rai, ¿qué se trae entre manos esta Florinda? —preguntó Felipe—. Se fue a hacerse las uñas, a la peluquería y a comprar ropa. ¿No estará tratando de imitar el estilo de Elvi?
—Elvira es la Rosa Roja de San Arcadio. Florinda es una rancherita que vino del campo. Por mucho que lo intente, siempre será una mala imitación.
—Un cisne blanco es un cisne blanco, y un patito feo es un patito feo. El patito feo nunca podrá convertirse en cisne blanco.
Todos se burlaban de Florinda.
En ese momento, se produjo una pequeña conmoción en el bar. Las miradas de todos se centraron en un punto, y alguien exclamó asombrado:
—¡Miren, una diosa!

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