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La Revancha del Patito Feo romance Capítulo 8

En ese momento, un grupo de modelos entró en fila. Todos eran de piel bronceada, atractivos y de piernas largas. Se pararon frente a Florinda.

—Anda, Flo, elige ocho —dijo Maite con una sonrisa.

Para celebrar su liberación del amargo mar del matrimonio, Florinda decidió darse un capricho.

—Tú, tú, tú… quédense todos.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho —contó Felipe—. La diosa pidió ocho modelos de golpe.

—¿Para qué gastar tanto dinero? —dijo otro heredero—. Si la diosa nos lo pidiera, nosotros lo haríamos gratis.

Todos rieron.

*Ding*.

El celular de Raimundo sonó de nuevo. Otra notificación de gastos.

Raimundo tomó el celular. ¿Qué había comprado Florinda ahora?

[Estimado cliente, se ha realizado un cargo de 500,000 pesos en el Retro '96 por ocho modelos con su tarjeta terminada en 0975]

La expresión de Raimundo se endureció. Releyó «ocho modelos» dos veces y luego levantó la vista hacia la diosa del otro lado.

La diosa que acababa de pedir ocho modelos con furia no era otra que Florinda.

Raimundo se quedó sin palabras.

Los ocho modelos rodearon a Florinda y comenzaron a servirle alcohol en su copa.

—Bonita, juguemos a beber con las manos.

—¡Sí, vamos a jugar! —exclamó Maite, encantada.

En la primera ronda, Florinda perdió. Un modelo le acercó una copa a los labios.

—Bebe, bonita.

Florinda bebió de un trago, pero los otros modelos protestaron.

—¿Por qué bebes de su copa y no de las nuestras? ¡Nosotros también queremos darte de beber!

Esta dulce carga hizo que Florinda se sintiera abrumada. Realmente no podía complacer a todos.

Los ojos de Raimundo se entrecerraron de repente, y sus atractivas facciones se tensaron en una mueca sombría. Se levantó y salió.

—¡Resulta que Florinda es guapísima!

Al ver la figura esbelta y hermosa que Raimundo se llevaba a rastras, Felipe se quedó completamente paralizado.

—¡No puede ser! ¡La Florinda que ya no vive para Rai se ha convertido en una diosa!

***

Raimundo arrastraba a Florinda. Su mano, grande y fuerte, la sujetaba con la misma fuerza dominante y autoritaria que lo caracterizaba. Por más que Florinda forcejeaba, no podía liberarse.

Él caminaba a grandes zancadas, y ella tropezaba detrás.

—¡Raimundo, suéltame!

De repente, Raimundo la empujó, y la espalda de Florinda chocó contra la pared fría.

Luego, su visión se oscureció. El cuerpo alto y erguido de Raimundo se abalanzó sobre ella, acorralándola contra la pared.

Los ojos de Raimundo ardían con una llama peligrosa.

—Florinda, ¿te estás divirtiendo así como si yo no existiera?

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