Florinda había llegado.
Después de arrasar en las tiendas, Maite la llevó directamente al Retro '96. Esa noche, iba a celebrarle allí su fiesta de soltera.
Florinda no esperaba encontrarse con Raimundo y su grupo. Y, por supuesto, escuchó cómo se burlaban de ella.
Reconocía a Felipe y a los demás del reservado; pertenecían al mismo círculo que Raimundo. Felipe, en particular, era su mejor amigo. En su día, el romance entre Raimundo y Elvira había sido épico, y todos ellos adoraban a Elvira.
En más de tres años, Florinda nunca había logrado encajar en su círculo. Ninguno de ellos la apreciaba.
Las etiquetas que le habían colgado eran «la arrimada que se casó por interés», «el patito feo», «la rancherita del campo»…
Cuando un hombre no te ama, sus amigos no te respetan.
Maite ya echaba humo por las orejas. Se arremangó, lista para la pelea.
—¡Voy a cerrarles la boca a esos idiotas!
Florinda la sujetó del brazo.
—¡Maite, déjalo! Ya estamos divorciados, no vale la pena enfadarse con esos niños de papá.
Al ver la actitud serena y distante de Florinda, Maite logró contener su ira. En ese momento, cada vez más miradas se posaban en Florinda, y todos la llamaban «diosa». El humor de Maite mejoró.
—Vamos, Flo. A celebrar tu fiesta de soltera.
Maite la llevó a otro reservado de lujo y, con un gesto decidido, ordenó:
—¡Tráiganme a todos los modelos que tengan en el Retro '96!
En el otro reservado, los herederos seguían burlándose de Florinda, hasta que sintieron una mirada gélida y penetrante sobre ellos.
Levantaron la vista y vieron a Raimundo, desde su asiento principal, observándolos con indiferencia.
Una mirada fría, molesta y amenazante.
Las sonrisas de los herederos se congelaron y se callaron de inmediato, sin atreverse a decir una palabra más sobre Florinda.
Felipe miró a Raimundo. Aunque su amigo nunca le había prestado verdadera atención a Florinda, era un hecho que ella lo había cuidado diligentemente durante tres años. Rai todavía le guardaba cierto aprecio.
Florinda se había quitado las gafas de pasta, abandonando su habitual aspecto serio y anticuado. Su rostro, pequeño como la palma de una mano, era de una blancura nívea. Su estructura ósea era perfecta y su aire, etéreo y refinado. Su largo cabello negro, de un brillo puro, caía dócilmente sobre sus hombros, convirtiéndola en una belleza celestial.
Raimundo la miró y se quedó observándola un par de segundos.
—Rai, ¿qué te parece? —preguntó Felipe, emocionado.
—Seguro que al presidente Ortega no le impresiona —comentó otro heredero—. A él le gustan las mujeres como Elvira, delicadas y dulces, no este tipo de diosa fría.
—¡Miren las piernas de la diosa! Esas piernas no le piden nada a las de Elvira.
Florinda llevaba una falda corta de estilo tweed que, rompiendo con su habitual discreción, dejaba sus piernas al descubierto por primera vez.
Sus piernas estaban perfectamente proporcionadas, esbeltas y bien formadas.
Eran unas piernas que, al verlas, despertaban la imaginación de cualquier hombre.
No le pedían nada a las de Elvira.
Raimundo observó a la «diosa» durante dos segundos. Por alguna razón, esa mujer le resultaba extrañamente familiar, como si la hubiera visto en alguna parte.

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