¡Plaf!
El claro sonido de una bofetada resonó de pronto, cortando las excusas de Evelyn.
El aire pareció congelarse en ese instante. Tanto Evelyn, que se llevaba la mano a la mejilla, como Víctor, que observaba a un lado, se quedaron pasmados.
Miraron atónitos a Mónica; esa chica que antes era tan mansa como una oveja, ahora tenía una mirada más fría y amenazante que nunca.
—Evelyn, esta bofetada es por no tener filtros al hablar —Mónica tomó una bocanada de aire y habló con voz firme y estable—. Si te sientes ofendida, aguántatelo. Porque no pienso disculparme.
Luego, se giró hacia Víctor y su expresión se suavizó un poco:
—Primo, me voy. Te invito a comer otro día.
Víctor asintió instintivamente. Solo cuando esa figura delgada se alejó, logró salir de su estado de asombro.
Mónica caminó a pasos rápidos hacia el Maserati, abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.
Recién cuando la puerta se cerró, la fuerte coraza que había mantenido se desmoronó, y su corazón latía desbocado en su pecho.
—¡Mila! Yo... ¡acabo de darle una bofetada a Evelyn! —exclamó Mónica, agarrándose del cinturón de seguridad—. ¡Dios mío! Esto... ¡se sintió increíble!
Mila la miró, divertida por su emoción, y negó con la cabeza con una sonrisa:
—Debiste habérsela dado hace mucho tiempo.
—Es que al principio me daba miedo —Mónica hizo un puchero, algo frustrada—. Yo tampoco me imaginaba que ella fuera una hipócrita de alto nivel, igualita a esa tal Luna. Son tal para cual.
Mila levantó una ceja. Aunque la información que tenía sobre Evelyn a través de Mónica no era mucha, al comparar su comportamiento con el clásico espécimen hipócrita como Luna, era fácil detectar que compartían el mismo tipo de veneno.
El problema era que Mónica era demasiado inocente. Si le decía la verdad directamente, quizás no le creería. Solo dejando que lo viera con sus propios ojos y lo experimentara en carne propia, podría quitarse la venda de los ojos y ver la verdadera cara de esa gente.
—Mila, creo que ya entiendo por qué no simplemente acabas con Luna —dijo Mónica, como si acabara de tener una epifanía—. Con los contactos que Elena te dejó, deshacerte de ella sería pan comido.
—Ahora lo entiendo: acabar con ella de una vez sería demasiado fácil para una basura así. Hacer que se ahoguen entre la esperanza y la desesperación, viendo cómo pierden su poder poco a poco, ese es el verdadero castigo y lo más satisfactorio.
Mila se llevó la mano a la frente, fingiendo resignación:
—Moni, empiezo a arrepentirme de haberte enseñado todo esto. ¿Acaso te estás volviendo malvada?
—¡Jeje! Volverse mala te hace diez veces más fuerte, es la pura verdad. De ahora en adelante, nadie en la familia Centeno podrá volver a engañarme —Mónica levantó el mentón, con el rostro lleno de orgullo y seguridad.
Al verla así, el peso que Mila sentía en su corazón finalmente desapareció.
Aprovechando que aún era temprano, Mila decidió resolver el asunto de su vehículo. No podía andar manejando siempre el coche de Katia. Aunque Katia era tan generosa que seguro se lo regalaría... ella prefería elegir un auto que fuera realmente suyo.
—Mila, conozco una agencia de Lamborghini, está justo en el sur de la ciudad —sugirió Mónica.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada