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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 111

—¡Ah! —exclamó Paola, llevándose la mano a la mejilla que acababa de ser apartada, y comenzó a disculparse torpemente—. Lo... lo siento, Elías, no fue mi intención... Es solo que verte mirando a otra mujer me hizo sentir mal...

Elías no le prestó la menor atención. Con movimientos lentos y calculados, sacó un pañuelo de seda y comenzó a limpiarse repetidamente la mejilla donde Paola lo había tocado. Lo hacía con tal minuciosidad, como si acabara de ser rozado por un germen repulsivo.

Esa escena se clavó como puñales en los ojos de Paola.

La vergüenza y la frustración la inundaron, pero no se atrevió a hacer un escándalo. Elías era una súper estrella; ese rostro era su mayor capital y el sueño inalcanzable de millones de chicas. Ella había cruzado la línea, había sido demasiado impulsiva.

—Señorita Páez, a quién decido mirar es asunto mío —dijo Elías con frialdad, arrojando el pañuelo usado al bote de basura—. Si vas a intentar controlar hasta eso, entonces no hay necesidad de que nos volvamos a ver.

—¡No! ¡Elías, perdóname! —Paola entró en pánico y se aferró a la manga de su camisa, casi suplicando—. Te juro que no volveré a meterme en a quién miras, por favor, no me ignores...

Al ver que el rostro de Elías seguía siendo de hielo, apretó los dientes y lanzó su última carta:

—Por cierto, le sumaré diez millones más a la producción de tu película, ¿qué dices?

—Elías, perdóname solo esta vez —rogó, sacudiendo su brazo con una actitud sumisa y rogona.

Elías soltó un bufido. Un destello de desprecio cruzó por sus ojos, pero su expresión se suavizó un poco.

—Señorita Páez, el dinero no lo es todo. Pero... viendo tu sinceridad, que sea la última vez.

—¡Gracias, Elías! —Paola sonrió a través de las lágrimas, como si acabara de recibir el favor más grande del universo.

No muy lejos de allí, Mónica Centeno observaba toda la escena, con la boca abierta de la impresión.

—Mila, antes leía novelas y pensaba que estas mujeres tan arrastradas eran pura exageración del autor, ¿quién podría no tener dignidad en la vida real? Pero ahora lo creo, el arte definitivamente imita a la vida.

Mila Quiroz torció los labios y un rastro de burla brilló en su mirada.

Elías, valiéndose de esa cara bonita, nadaba a sus anchas en el mundo del espectáculo. Ante las cámaras era el caballero perfecto, el amor platónico de la nación; pero en privado, no era más que una escoria con un narcisismo enfermizo.

Las puertas de la memoria se abrieron de golpe.

Cuando recién había regresado a la familia Quiroz, en un intento torpe por ganarse el cariño de esos supuestos parientes, les había preparado regalos a todos. A Elías le dio una bufanda que había tejido con sus propias manos, pasando varias noches en vela.

Pero la reacción de aquel hombre seguía clavada en su corazón como un picahielos.

—Tú, una campesina ordinaria que apesta a pobreza, ¿te crees digna de darme un regalo?

Elías había levantado la bufanda con dos dedos, con una mueca de asco, como si sostuviera basura contaminada.

—¿Tejida a mano? Ja, a saber cuántas bacterias tiene esta cosa. Si me la pongo, seguro se me pudre la cara. Uf, hasta para trapear el piso me parece sucia.

Y luego, justo frente a ella, le prendió fuego a la bufanda.

La luz de las llamas iluminó su rostro despiadado. Para él, lo que ardía era solo un montón de basura; pero para la Mila de aquel entonces, lo que se convertía en cenizas era su corazón entregado con cautela y su última esperanza de tener el amor de una familia.

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