Mauricio clavó su mirada en los ojos de Mila, intentando encontrar aunque fuera un rastro de duda o temor.
Sin embargo, lo único que vio fue una determinación absoluta, confianza y un filo oculto y peligroso.
Por una fracción de segundo, aquella joven le recordó a la misma sombra imponente que, años atrás, había hecho temblar a los círculos de poder de la capital.
—¡Hecho! Les daré esta hora.
Mauricio apartó la mirada y su voz sonó fría como el acero.
—¡Padre! —exclamó Jaime, alarmado. Pero una simple mirada asesina de Mauricio lo dejó clavado en el piso.
—Pero si dentro de una hora mi padre no despierta, ustedes tres le harán compañía en el infierno.
La apuesta estaba sellada.
El rostro de Jaime se ensombreció. Sus ojos, como los de una víbora venenosa, seguían cada movimiento de Mila y su grupo.
Una hora no era demasiado tiempo, pero bastaba para que ocurrieran un sinfín de imprevistos que él no podía controlar.
Aprovechando la calma tensa que se apoderó de la habitación, Azul jaló sutilmente a Mila y a Mónica hacia una esquina más oscura.
—¿Qué pasa? —preguntó Mila en voz baja al notar la expresión sombría del doctor—. ¿Hubo alguna complicación con el anciano?
Azul bajó la visera de su gorra para ocultar el brillo calculador de sus ojos y habló rápido.
—Cuando le puse las agujas, confirmé lo que sospechaba. Don Máximo no está enfermo. Lo envenenaron.
—¡¿Envenenado?! —Mónica se puso pálida como el papel. Su voz temblaba—. Azul, ¿quién le haría algo así a mi abuelo?
Azul soltó una risa seca, clavando la mirada en Jaime, que estaba a varios metros de distancia.
—Creo que deberías preguntárselo a tu 'querido hermanito'. Después de todo, él mismo se jactó de que ha controlado la dieta y los cuidados del abuelo todos estos años.
—Es un veneno crónico —continuó Azul—. A simple vista no se nota, pero las toxinas se acumulan lentamente en el cuerpo. Cuando finalmente colapsa, parece que el cuerpo se apagó por vejez o enfermedad extrema, justo como está ahora.
Al escuchar el diagnóstico, Mónica sintió que el frío le calaba hasta los huesos. Una sensación de horror absoluto se apoderó de ella.
—Si él lo envenenó... ¿por qué armó tanto escándalo para que le diera mi riñón?
—Moni... —Mila frunció el ceño. Tomó las manos heladas de su amiga y susurró—: Lo más probable es que quisiera que tanto tú como tu abuelo murieran 'accidentalmente' en esa mesa de operaciones.

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