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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 140

—¡Mónica, deja de soñar despierta! —Jaime frunció el ceño y resopló con burla—. ¡El abuelo se está muriendo! ¿De verdad crees que una cancioncita de flauta lo va a curar? ¡Es una reverenda estupidez!

—¡Jaime! —Mónica giró la cabeza de golpe. Sus ojos, antes llenos de melancolía, se volvieron bloques de hielo—. ¿No fuiste tú el que juraba hace un momento que daría lo que fuera por salvar al abuelo, incluso abrirme en canal para sacarme un riñón? ¿Y ahora resulta que por ir a buscar una simple flauta, sin hacerle daño a nadie, te opones como si fuera el fin del mundo? Dime la verdad: ¿quieres que despierte, o tienes terror de que lo haga?

El corazón de Jaime se paralizó por un segundo. ¿En qué momento esta mosquita muerta se había vuelto tan venenosa para darle la vuelta a sus propias palabras?

Evitó la mirada de su hermana y se excusó con los dientes apretados.

—Solo digo que es una pérdida de tiempo. No estamos para jueguitos tontos.

—Ah, ¿perder el tiempo? ¿Y sentarnos aquí durante una hora a ver el techo no es perder el tiempo? —Mónica avanzó un paso, irradiando un aura tan amenazante que incluso superó la presencia de su hermano—. ¡Escúchame bien! ¡Le voy a tocar esa canción al abuelo porque es lo mínimo que puedo hacer por él, y nadie me lo va a impedir!

El frío en los ojos de Mauricio pareció derretirse un poco. Levantó la mano con un gesto agotado.

—Basta. Si es el deseo de tu corazón, que así sea.

Luego se dirigió a su sobrino.

—Víctor, ve. Pero asegúrate de regresar antes de que termine la hora.

—¡Sí, señor!

Al ver a Víctor salir corriendo de la habitación, Mónica soltó un suspiro inaudible. Tenía las palmas de las manos empapadas en sudor frío.

Por el contrario, la ansiedad en el pecho de Jaime crecía como hierba mala. Su instinto le gritaba que la salida de Víctor no tenía nada que ver con una estúpida flauta, pero ya no tenía argumentos para detenerlo.

—Mónica. —Mauricio miró fijamente a la hija a la que llevaba años sin prestarle atención, y rompió el silencio—. Has madurado mucho.

Fue un comentario suave, casi como un suspiro perdido en el aire.

Pero Mónica actuó como si no hubiera escuchado nada. Mantuvo su expresión de piedra y caminó de regreso al lado de Mila.

Mauricio negó con la cabeza y apartó la vista.

—¡Moni, estuviste espectacular! —susurró Mila, ocultándose detrás de ella para levantarle los pulgares en señal de victoria—. Te juro que por un segundo pensé que la presión de tu papá te iba a quebrar y soltarías toda la sopa.

Mónica soltó una sonrisa amarga y bajó la voz.

—Claro que me moría de miedo. Pero bueno, no sobreviví a 'ese lugar' por pura suerte. Si a estas alturas siguiera siendo la misma cobarde que se deja pisotear, mejor me tiro de un puente.

Mila le lanzó una mirada pensativa a Mauricio Centeno.

Ese hombre era una contradicción andante. Tenía la crueldad absoluta de un líder, pero esos breves destellos de amor paternal estaban teñidos de una extraña impotencia.

¿Acaso había algo más detrás de todo lo que ocurrió en el pasado?

Después de todo, el envenenamiento de don Máximo estaba rodeado de neblina. En un mundo de millonarios y familias de élite, nada era lo que parecía.

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