—Exactamente —Mila hizo girar el vino tinto en su copa; el líquido carmesí dejaba rastros seductores en el cristal—. Cuando se sientan los reyes de la fiesta, intocables, y de repente descubran que solo son los bufones de la corte... esa sí que será una escena digna de verse.
Los ojos de Mónica se iluminaron con entusiasmo.
—Amiga, eres letal. El que se atreva a meterse contigo ni siquiera sabrá por dónde le llegó el golpe mortal.
El comentario llegó a oídos de Fabio, quien no pudo evitar un escalofrío.
Recordó cuando, siguiendo órdenes de Ariel, intentó hacerle la vida imposible a Mila en la oficina. Agradecía al cielo haber abierto los ojos a tiempo y cambiar de bando, porque si no, su futuro habría sido una completa carnicería.
Por otro lado, Luna, respaldada por su actuación digna del Óscar, había logrado acortar las distancias con Víctor Centeno.
Don Nicolás asentía desde lejos, visiblemente complacido. Si todo seguía ese rumbo, la alianza entre ambas familias sería un hecho.
—Abuelo, Luna tiene un talento especial; parece que se lleva de maravilla con el joven Víctor —aprovechó Ariel para meter presión—. ¿Por qué no aprovecha el momento y le deja caer el tema del matrimonio a Don Máximo?
Don Nicolás lo meditó por un segundo, clavando la vista en Máximo Centeno, quien saludaba a otros invitados en la otra punta del salón.
—Quédate aquí. Iré a sondear el terreno con el viejo Centeno.
—¡Perfecto!
Los ojos de Ariel brillaron de ambición pura. Si el mismísimo patriarca daba el primer paso, ese matrimonio estaba asegurado en un ochenta por ciento.
Luna, por primera vez, estaba haciendo algo útil. Con ese enlace, la familia Quiroz subiría a la cima de la pirámide alimenticia.
—¡Primo!
Una voz dulce, pero tímida, lo sacó de sus fantasías de poder.
Ariel frunció el ceño. Al girarse, vio a una chica de complexión algo rellenita acercándose a él.
Verónica Valente.
Era la hija de Dante Valente, el hermano de su madre. Dante había conseguido dos pases para el evento con un propósito clarísimo: que su hijo hiciera contactos con los peces gordos, y que su hija se buscara un marido rico.
Pero Ariel sabía perfectamente que Verónica estaba ciega; en su mundo solo existía él, no le importaba nadie más.
—Hola, primo... tanto tiempo sin vernos —Verónica jugaba nerviosamente con sus dedos. Su mirada desbordaba un amor incondicional, tan puro que empalagaba.
Ariel le clavó una mirada fría y le contestó con evidente fastidio.
—¿Por qué no vas con tu padre a conocer gente importante, en vez de venir a buscarme a mí?
Verónica se quedó de piedra e intentó explicarse, balbuceando.
—Y-yo solo quería saludarte. Si... si no quieres verme, me voy ahora mismo.
Al fin y al cabo, eran familia. Ariel no quería hacer una escena en público, así que le soltó una excusa barata.

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