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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 224

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—Ah —Mila soltó una carcajada fría, con los ojos repletos de sarcasmo—. ¿Mi sirvienta? Qué pena, pero ni para eso sirves.

Dicho esto, levantó ligeramente el mentón y su voz, fría como el hielo, resonó por todo el salón:

—¿Qué clase de exclusividad tiene este club para dejar entrar a cualquiera que venga a arrastrarse al piso?

—¡Seguridad! Saquen a la señorita Leyva de aquí —ordenó Adriana al instante, asumiendo el control con rostro severo.

Un par de guardias aparecieron de la nada y arrastraron a Lucía hacia la salida mientras ella seguía gritando y llorando.

Al ver la escena, los ojos de Blanca se llenaron de desdén.

Para ella, la bancarrota de los Leyva era pura incompetencia, y Mila solo se atrevía a ser tan arrogante porque se escudaba bajo la sombra de Nuno Páez.

Puro humo. Sin un hombre respaldándola, Mila seguiría siendo esa exconvicta sin clase; jamás podría compararse con la elegancia de Luna, a quien ella misma había criado.

—Mila, qué vergüenza, dejar que gente como esa se colara y arruinara el ambiente —Adriana cambió su semblante serio por una sonrisa cálida. Se acercó a ella, tomó su mano con cariño y la guio hacia la mesa donde estaban las señoras de alcurnia.

La mirada de Mila recorrió el rostro de Adriana. Era una mujer que irradiaba una mezcla perfecta de dulzura y autoridad, tal y como se había imaginado a la madre de Mónica.

Al girar un poco la vista, notó que junto a Adriana había una mujer despampanante y llena de joyas, que la observaba con una amabilidad inesperada.

—Mila, al fin tengo el gusto de conocerte en persona —doña Yolanda la escrutaba con una sonrisa radiante y un tono muy familiar—. Soy la madre de Julián Solís, puedes decirme doña Yolanda.

—Ese muchacho, Julián, nunca se toma nada en serio, pero cuando habla de ti, te pone en un pedestal. Ah, y por cierto, también tengo otro hijo que es un dolor de cabeza. Por la falta de respeto de la vez pasada, te pido disculpas en su nombre.

Mila levantó una ceja, recordando el incidente en la tienda de Joyería Centella con Rafael, y respondió con tranquilidad:

—Doña Yolanda, no tiene por qué preocuparse. Lo de la vez pasada fue solo un malentendido.

Al ver cómo Mila manejaba la situación con aplomo, sin ser sumisa pero manteniendo el respeto, la admiración en los ojos de Yolanda creció aún más. Esa chica tenía clase.

—¡Rafael Solís, mueve el trasero para acá ahora mismo! —Yolanda giró la cabeza y su voz se volvió gélida de golpe.

Desde que Mila entró por la puerta, Rafael había estado sudando frío en su asiento. Al escuchar a su madre llamarlo por su nombre completo, sintió que el alma se le escapaba del cuerpo.

—Mamá... —Se acercó arrastrando los pies, hablando con un hilillo de voz.

—Pídele perdón a Mila —ordenó Yolanda con una autoridad que no admitía réplicas.

Rafael apretó los dientes, se giró hacia Mila y le hizo una profunda reverencia:

—Señorita Mila, le pido mil disculpas. La vez pasada fui un completo ciego e imbécil al ofenderla. Le ruego que sea comprensiva y no me guarde rencor.

—Justo le decía a doña Yolanda que lo de aquella vez fue un malentendido. Ya está hablado, así que borrón y cuenta nueva —El tono de Mila fue tan neutral que era imposible saber si estaba contenta o molesta.

Al escucharla, Rafael sintió que le volvía la respiración. Jamás imaginó que aquella señorita, cuyo estatus ahora estaba por las nubes, fuera tan razonable.

Se apresuró a declarar su lealtad con una voz rebosante de sumisión:

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