—... —Nuno se quedó sin palabras.
Antes de que pudiera estallar, Mila se acercó a su oído. El calor de su respiración rozó su cuello mientras susurraba con voz suave pero firme:
—Tranquilo, Don Nuno. No estoy ciega. Si hablamos de presencia o de poder, ¿en qué mundo este lisiado podría compararse con usted? Por mis venas corre la sangre de los Quiroz, pero por suerte no heredé su ceguera ni su estupidez.
La tensión en el cuerpo de Nuno se disipó mágicamente; esa furia incontrolable que le ardía en el pecho se apagó con solo una frase.
Soltó un bufido y giró la cabeza hacia Leandro, mirándolo como si ya estuviera muerto.
—¿Tienes las agallas de codiciar a mi mujer? ¿Acaso ya te cansaste de vivir?
Leandro alzó la barbilla, sosteniéndole la mirada sin mostrar una gota de miedo.
—Don Nuno, la verdad es que sí. ¿Y qué? ¿Va a hacerme el favor de matarme?
Nuno entrecerró los ojos. ¿Este sujeto quería que lo mataran? No, las ratas de alcantarilla como Leandro jamás pedían morir tan fácil.
Era una provocación para hacerlo perder el control.
De repente, Nuno dibujó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Leandro, la verdad es que debería darte las gracias. Si un sapo como tú no hubiera intentado comerse a un cisne, jamás habría descubierto que mi esposa me considera el hombre más perfecto del mundo.
Mila arqueó una ceja, reconociendo la jugada maestra. Nuno no solo había neutralizado la provocación, sino que había aprovechado para presumir su relación frente a él. Una estocada directa al orgullo.
Leandro se puso verde del coraje.
—Mila, mi oferta sigue en pie. Si me eliges, te enseñaré lo que es tomar una decisión inteligente.
Mila negó con la cabeza, y un destello de picardía brilló en sus ojos.
De un paso se acercó más, enganchó un dedo pálido y delicado en la corbata de Nuno y, con un tirón seco, obligó a este hombre indomable a inclinarse hacia ella.
Nuno, tomado por sorpresa, bajó la cabeza y sus miradas chocaron; la de ella fría pero provocativa.
Sus narices apenas se rozaban, compartiendo el mismo aliento. La manzana de Adán de Nuno subió y bajó, y su corazón comenzó a latir desbocado. Esta sensación... esta audacia tan familiar...
Al segundo siguiente, Mila se puso de puntillas y estampó sus labios rojos contra los de él sin dudarlo.
Esta era la cuarta vez.
Pero, a diferencia de las otras ocasiones, esta vez Nuno no la empujó ni se quedó rígido. En el instante en que sintió la suavidad de su boca, una ola indescriptible de... alegría y deseo lo inundó por completo.
Cuando se separaron, un fino y provocativo hilo de saliva quedó entre ambos.

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