—Ariel, mamá y yo estamos en la oficina de papá. Ven un momento.
Al escuchar la voz llorosa de Luna, Ariel frunció el ceño con fastidio.
—Estoy muy ocupado, no puedo ir.
—Ariel, ya sé que estás ocupado. Pero... hoy, en la fiesta de té, Mila nos humilló frente a todos —lloriqueó Luna, haciéndose la víctima—. Todo es culpa mía por no ser lo suficientemente talentosa y no poder darle orgullo a mamá.
—Pero lo que hizo Mila fue pasarse de la raya. Nos dejó en ridículo frente a las señoras más importantes de la ciudad. Cuando esto se sepa, la familia Quiroz volverá a ser el hazmerreír.
—¡Ya basta! —Ariel se frotó las sienes y soltó un gruñido de exasperación.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, seguido por la voz asustada de Luna.
—Ariel... ¿qué te pasa?
Ariel se dio cuenta de que había perdido los estribos. Respiró hondo, reprimiendo la furia que sentía en el pecho.
—De verdad estoy ocupado. Si tienes un problema, háblalo con papá.
Y sin más, colgó el teléfono.
Al ver su escritorio hecho un desastre, la irritación de Ariel aumentó. Se levantó y salió al pasillo, buscando algo de paz en la sala de descanso.
Justo al doblar la esquina, se topó de frente con Mila Quiroz.
Ariel se quedó helado y detuvo sus pasos por inercia, observando a su hermana con atención.
Llevaba un traje sastre de corte impecable, el cabello recogido con elegancia. Tanto su apariencia como su actitud destilaban un aura de nobleza y frialdad innatas. Era increíble que acabara de salir de la prisión Penal 01; incluso cargando con el peso de cuatro años tras las rejas, su orgullo y clase seguían intactos.
Esa era la presencia que Luna Quiroz jamás lograría imitar, por más clases de etiqueta que tomara o por más ropa de diseñador que se pusiera encima.
¿Acaso a esto le llamaban la verdadera sangre noble de los Quiroz?
—Mila.
Casi sin darse cuenta, Ariel la llamó.
Mila detuvo su paso. Al ver que era él, arqueó una ceja.
—Joven Ariel, ¿qué se le ofrece?
Ariel se quedó sin palabras, visiblemente nervioso. Solo la saludó por inercia, pero no tenía ni idea de cómo interactuar con la hermana a la que había herido tantas veces.
Mila notó de inmediato la extraña actitud del hombre. Siempre que la miraba, sus ojos destilaban odio y asco, pero hoy... ¿había culpa en su mirada?
Seguro el mundo se había vuelto loco.
—Si no hay nada más, quítate de mi camino.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada