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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 235

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El resplandor dorado del atardecer se colaba por los amplios ventanales, bañando la oficina en una suave luz de ocaso.

Mila Quiroz cerró la última carpeta, se masajeó el puente de la nariz para aliviar el cansancio y estiró su cuerpo un tanto entumecido.

El reloj en la pared ya marcaba las cinco.

—Yara, ya revisé estos contratos. Ponles el sello y archívalos —su voz era serena, sin mostrar ni un ápice de fatiga.

—Entendido, señorita Mila.

—También necesito que me agendes una reunión con Adam, el jefe de Constructora Cimientos. Coordina la hora que mejor funcione.

—Enseguida. —Yara tomó las carpetas y salió rápidamente.

Apenas la oficina quedó en silencio, el celular sobre el escritorio vibró. El nombre de Katia Moreno iluminó la pantalla.

—Milita, ¿me extrañaste? —la voz dulce y animada de Katia inundó la línea, logrando que una cálida sonrisa se dibujara en los ojos usualmente fríos de Mila.

—Katia, hoy es la fiesta de cumpleaños de Elías. ¿Dejaste todo listo como te pedí?

—Ay, Milita, ya no me quieres —se quejó Katia en tono de broma—. Te llamo y tu primera reacción no es preguntarme cómo estoy, sino preocuparte por el imbécil de Elías Quiroz. Qué decepción, tanto amor tirado a la basura.

Mila soltó una pequeña risa, aclarándose la garganta.

—¿Cómo crees? Tú eres mi favorita. Solo quiero asegurarme de que el teatro que armé esté perfecto para sentarnos en primera fila con unas palomitas a disfrutar del caos.

—¡Jajaja! —Katia estalló en carcajadas—. Milita, no sabía que podías ser tan mala. Después de esta noche, la imagen del queridísimo 'novio de la nación' de Elías va a quedar en las ruinas absolutas.

—Es exactamente lo que se merece —los ojos de Mila se entrecerraron, dejando escapar un destello gélido—. Todo el mundo tiene que pagar por sus idioteces.

—Tranquila, ya tengo todo cuadradísimo. Solo nos queda esperar a que se levante el telón —la emoción en la voz de Katia era contagiosa.

—Por cierto —cambió de tema Mila—, más tarde voy al Club Mar de Cristal a recibir a Nolan. Ven conmigo.

—¡¿Nolan?! —el tono de Katia subió octavas de golpe—. ¿Estás hablando del... maestro del piano, Nolan?

—El mismo.

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