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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 241

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—Sonia, Rebeca... ¿qué... qué hacen aquí?

Elías Quiroz empujó a la mujer que tenía en sus brazos como si le hubiera dado una descarga eléctrica. Se arregló la ropa arrugada presa del pánico y forzó una sonrisa aduladora en su rostro.

—Es un malentendido, por favor, no se confundan. Solo estábamos... celebrando.

—¿Celebrando? ¿En un lugar como este y de esta manera? —Sonia tenía el rostro ensombrecido. Su mirada cortó el ambiente depravado del salón VIP como una cuchilla, hasta detenerse en el rostro del actor—. Elías, veo que llevas la actuación en la sangre. Frente a las cámaras eres el ídolo perfecto e intocable, pero a escondidas te das la gran vida. Vaya que me has abierto los ojos.

—Sonia, parece que todas fuimos solo un pez más en su enorme pecera —se burló Rebeca, volteando a ver al grupo de mujeres adineradas que la acompañaban, todas con el rostro lívido por la furia—. Amigas, ¿lo ven claro ahora? Ya sea tú o yo, para él solo éramos vacas listas para el matadero.

—La última vez pudo decir que era inteligencia artificial, pero ahora... lo estamos viendo con nuestros propios ojos. Este tipo es un descarado mujeriego.

—¡No! ¡No es así! —Las venas en la frente de Elías saltaron por la desesperación. Apenas dio un paso para justificarse, Sonia se le adelantó y levantó la mano.

¡Plaf!

La bofetada llevaba toda la furia de una mujer que había sido tomada por estúpida. El golpe sonó fuerte y seco, haciendo que Elías tropezara y girara sobre su propio eje.

Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, Rebeca se acercó con frialdad y le propinó un golpe de revés.

Con ellas dos tomando la iniciativa, la ira acumulada del resto de las patrocinadoras estalló por completo. Se abalanzaron sobre él, dándole una bofetada tras otra. El sonido de los golpes resonaba en el salón, dejando a Elías aturdido, con las mejillas rápidamente hinchadas y enrojecidas.

—Elías Quiroz, a partir de hoy, retiro todos los recursos que te di. Además, le encargaré a mis abogados que te exijan la devolución total de cada centavo y regalo que te he dado —sentenció Sonia, limpiándose las manos con asco antes de dar media vuelta y marcharse sin mirar atrás.

Rebeca y las demás también soltaron risas frías, anunciando que retirarían su apoyo y exigirían su dinero de vuelta, para luego salir del lugar, dejando atrás un completo desastre.

Elías cayó desplomado al suelo. Le zumbaban los oídos y la visión se le nublaba. Un pánico abrumador lo inundó. El imperio que había construido con tanto esfuerzo durante años se acababa de derrumbar en un instante.

En el fondo, sabía mejor que nadie que su posición actual se debía única y exclusivamente al dinero a manos llenas de esas mujeres. Sin esa fachada dorada, con su talento mediocre, nunca habría llegado a nada.

—Un momento... ¡todavía tengo a Paola Páez! —Los ojos turbios de Elías se iluminaron de golpe, como un náufrago que encuentra un tronco flotando—. ¡Ella es de la familia Páez, mi mayor patrocinadora! ¡Mientras la mantenga a mi lado, todavía tengo una oportunidad de recuperar mi vida!

Sacó su teléfono con manos temblorosas, pero justo cuando estaba por marcar el número de Paola, el sonido repentino de un tono de llamada hizo eco en la puerta del salón.

El corazón de Elías dio un vuelco y levantó la cabeza lentamente.

En la puerta estaba Paola Páez, vestida con ropa de estar en casa, evidentemente habiendo salido a toda prisa. Ni siquiera llevaba maquillaje, y su rostro pálido reflejaba un dolor y una incredulidad absolutos.

—Paolita... ¿qué haces aquí?

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