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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 251

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—Nuno Páez, aunque fijamos un plazo de un año, el contrato no dice que debamos esperar hasta el final para anularlo, ¿verdad? —Mila curvó los labios en una sonrisa burlona—. ¿O será que... Don Nuno se ha enamorado y no soporta la idea de cortar este vínculo tan pronto?

Nuno entrecerró los ojos, como si le hubieran dado justo en el blanco, y replicó, furioso por la vergüenza:

—¿Ah, sí? ¿Yo, enamorado? ¡Solo estoy respetando las reglas del juego! Si quieres terminarlo antes de tiempo, no tengo ningún problema.

Sebastián se cubrió el rostro con desesperación. *Se acabó*, pensó. *Con ese orgullo absurdo que tiene el jefe, va a sufrir lo indecible para poder reconquistarla después*.

—Perfecto, con que lo digas me basta —Mila se encogió de hombros, con un semblante impasible y una tranquilidad que no hizo más que irritar a Nuno—. Intentaré hundir a la familia Quiroz en menos de un mes, y luego... nos veremos para firmar los papeles del divorcio.

Dicho esto, pasó por su lado y caminó directo hacia la salida.

Nuno se dio la vuelta para mirar su espalda, apretando ligeramente los puños a los costados.

¿Qué le pasaba? ¿Por qué al escucharla hablar de irse, en lugar de sentir el alivio de la libertad, lo invadía una incontrolable ola de furia y pánico?

—Mila Quiroz.

—¿Mmm? —Mila se detuvo y lo miró por encima del hombro.

—Mientras el contrato siga vigente, hay que cumplir con lo pactado —Nuno reprimió el torbellino de emociones en su pecho y recuperó su tono frío habitual—. Volveremos a casa juntos.

Mila no le dio importancia, se encogió de hombros y siguió caminando.

Nuno fue tras ella. Le bastó darle una mirada a Sebastián para que el asistente entendiera el mensaje, diera media vuelta y corriera a buscar el auto.

—Espera —Mila detuvo a Sebastián—. Vine en mi propio coche. Iremos en el mío.

En la mente de Nuno apareció la imagen de ese Lamborghini Veneno, oscuro como un fantasma en la noche... y que solo tenía dos asientos. De inmediato, miró a Sebastián:

—Llévate mi auto.

—Sí, Don Nuno —Sebastián bajó la cabeza ligeramente y, con mucho tacto, se retiró para dejarles espacio.

Mila iba a subir al asiento del conductor, pero Nuno se adelantó, abrió la puerta y se sentó al volante con una excusa impecable: un caballero no deja que una dama haga de chofer.

Mila no se molestó en discutir y subió al asiento del copiloto.

El motor rugió como una bestia despertando y el Lamborghini Veneno rasgó la noche, alejándose lentamente del Club Mar de Cristal.

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