—¡¿Cómo es posible que esa bastarda le cediera un triunfo tan grande a Ariel?!
El pecho de Esteban se oprimió y una alarma comenzó a sonar en su cabeza.
*Espera... cuando Ariel estaba en el hospital actuaba muy raro. Decía que se sentía culpable por todo lo que le hicimos a esa niña.*
*¡Incluso nos exigió que le pidiéramos perdón!*
*Entonces... ¡Ariel ya está de su lado!*
—¡Sí! ¡Tiene que ser eso! —Esteban apretó los puños, golpeando el escritorio de nuevo. Una chispa asesina brilló en sus ojos—. Mila jamás le habría dado ese mérito a menos que él se hubiera vendido.
—Muy bien, Ariel. Muy bien, hijo mío. Y yo que pensaba devolverte tu puesto en la empresa, y tú me pagas apuñalándome por la espalda.
—Si así van a ser las cosas, no me culpes por ser un padre despiadado.
Club Los Laureles. Área de descanso.
Ariel despertó lentamente en uno de los sofás de cuero. La resaca le martilleaba el cráneo, dejándolo mareado y con náuseas.
Miró a su alrededor. Solo había un par de meseros limpiando. Checó la hora en su reloj; ya era de noche.
—¡El contrato! ¡Cierto, el trato con Lucio! —Ariel se sentó de golpe, pálido. Sacó su teléfono y llamó a Lucio a toda prisa.
Contestaron casi al instante.
—Lucio, discúlpame muchísimo por llamarte a esta hora, yo...
—Ariel, no digas más. Nuestra alianza continúa, y tú seguirás siendo el director a cargo del proyecto.
—¿¡Qué!?
Ariel se quedó paralizado. Se había humillado de todas las formas posibles y Lucio no había cedido un centímetro. ¿Por qué ahora era tan amable?
¡Y seguía dejándolo a él como el encargado!
—Joven Ariel, tiene usted una hermana maravillosa. Y me refiero a la de sangre, por supuesto —dijo Lucio con una risita—. Tengo cosas que hacer, así que lo dejo. Buenas noches.
La llamada terminó.
Pero el corazón de Ariel latía como si quisiera escaparse del pecho.
Los recuerdos de su borrachera volvieron a su mente como un huracán.
¡Lo recordaba todo!
Recordó que cuando iba por la tercera botella, Mila apareció y le detuvo la mano.

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