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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 302

Nuno se quedó helado por un momento, frunció el ceño y preguntó:

—¿Secuestraste al abuelo?

—¡Jajajaja, adivinaste! —Héctor mostró una sonrisa triunfal y, forcejeando con las manos de Nuno, logró zafarse de su agarre.

Se arregló con calma la ropa arrugada, se limpió la sangre de la comisura de los labios y continuó:

—Si antes de las seis de la mañana no logro salir ileso del Consorcio Páez... prepárate para recoger el cadáver del abuelo.

—¡Héctor, eres un animal! —Las pupilas de Nuno se contrajeron y volvió a extender la mano para agarrarlo del cuello.

Pero esta vez, Héctor le bloqueó el brazo con una mirada feroz.

—Tienes razón, Nuno. Soy un animal, pero ¿quién mandó al abuelo a ser tan injusto?

—No solo le dio preferencia a Patricio, sino que también te la dio a ti.

—Je, pensé que cuando Patricio perdió a su esposa y perdió el interés en los negocios, el abuelo me pasaría el liderazgo de la familia, pero no lo hizo.

—Prefirió volver a cargar con todo el peso de la empresa y prepararte para ser el sucesor, en lugar de dejar que su segundo hijo asumiera el poder.

Su voz fue perdiendo fuerza poco a poco.

Héctor suspiró y se sacudió un poco el polvo de la ropa.

—Así que, si hoy termina en desgracia, es porque se lo buscó.

Nuno entrecerró los ojos y apretó los puños con fuerza.

De pronto, soltó una sonrisa perversa.

—Dices que, si antes de las seis no sales vivo del Consorcio Páez, tendré que recoger el cadáver del abuelo...

Héctor se topó con esa mirada desquiciada de Nuno y sintió un vuelco en el corazón. El pánico empezó a invadirlo.

—¿Qué vas a hacer?

Nuno respiró profundo, envuelto en una densa aura asesina.

—Haré que salgas vivo, pero... ¡cómo salgas de aquí, lo decido yo!

El rostro de Héctor se puso blanco como el papel.

Sintió la ira y la crueldad en las palabras de Nuno. Conociendo a ese lunático, iba a hacer que deseara estar muerto.

—Nuno...

Mila llamó a Nuno justo cuando iba a atacar.

—Mila, no me detengas... —Nuno pensó que Mila iba a intentar calmarlo, pero entonces vio que le estaba entregando una navaja.

—Esta navaja no tiene mucho filo, así los cortes serán mucho más dolorosos y tortuosos.

Los ojos de Nuno se iluminaron y la miró con sorpresa.

Héctor, en cambio, estaba aterrorizado. ¿Esa mujer estaba loca? ¡Eran un par de demonios!

Nuno tomó la navaja, agarró a Héctor y lo arrastró bruscamente hacia él.

—¡Nuno, de... detente! ¡¿Acaso vas a dejar que el abuelo muera?! —Héctor estaba perdiendo la cabeza; aunque intentaba sonar rudo, sus piernas temblaban sin control.

—Tú lo dijiste, el abuelo solo sufrirá si no sales de aquí con vida. Así que te dejaré un último aliento para que puedas salir vivo.

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