El párpado de Ariel tembló con violencia. Al verse descubierto, reprimió las emociones que amenazaban con desbordarse y forzó una sonrisa asquerosamente falsa.
—Mila, yo... me equivoqué. Solo pensé que, como tú tienes tu compromiso y el respaldo del abuelo, Luna se iba a sentir... insegura. Creí que si le daba esos proyectos, dejaría de sentirse desplazada, por eso yo...
—Tsk, tsk. —Mila negó con la cabeza, mirándolo como si presenciara la peor actuación de su vida—. Hermanito, deberías pedirle unas clases de actuación a Luna, a ver si así logras engañar a alguien.
—¡¡Mila Quiroz!! —estalló Ariel, incapaz de contenerse más.
—Baja la voz, haces demasiado ruido —dijo ella de pronto, con una mirada tan afilada como un cuchillo que hizo que Ariel se quedara mudo al instante.
El corazón de Ariel latía a toda velocidad. No sabía si era por pura rabia o por la urgencia del momento, pero ya no tenía tiempo para pelear.
—Mila, me equivoqué, ¿de acuerdo? ¡Ven conmigo a firmar los contratos!
Mila tomó su taza de té, le dio un sorbo y respondió con lentitud.
—Hermanito, eso no suena muy lógico. Con mi puesto actual... el de una simple asistente —hizo una pausa intencionada y miró a Fabio—. Fabio, dime algo, ¿tengo la autoridad necesaria para manejar proyectos de esta magnitud?
—¿Ah? —Fabio, que estaba sudando frío al ver la escena, dio un salto al escuchar su nombre—. ¡E-es cierto! Usted solo es mi asistente, de ninguna manera está capacitada para tocar proyectos tan cruciales.
Fabio miró de reojo a Ariel. La cara del hombre parecía a punto de estallar de la furia.
—Joven director, este puesto fue el que usted le...
—¡Cállate! —lo interrumpió Ariel brutalmente. Respiró profundo y, casi escupiendo las palabras entre los dientes, dijo—: ¡Gerente... del departamento de proyectos! ¿Ese puesto es suficiente para ti?
¡Gerente del departamento de proyectos! Fabio se quedó con la boca abierta. La señorita Mila tenía razón, ¡el director le estaba rogando que tomara el puesto!
Sintió una alegría inmensa en el pecho. Definitivamente, había elegido el bando correcto.
Sin embargo, la reacción de Mila volvió a sorprender a todos.
—El puesto me parece adecuado —dijo, ensanchando su sonrisa con un toque de burla—. Pero... me niego.
—¡Mila Quiroz! ¡Mi paciencia tiene un límite! —Ariel sintió una punzada en el pecho; estaba al borde del colapso—. He cedido en todo, ¿de verdad quieres que la corporación pierda millones para estar contenta?
Mila cruzó sus largas piernas sobre la mesa de centro con total pereza y pronunció cada sílaba con absoluta claridad.
—Te dije que me rogaras.
—¡¿Qué dijiste?! —Ariel no podía dar crédito a lo que oía.

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