—Vaya, qué generoso es usted, papá —Mila sonrió con sarcasmo y luego se volvió hacia Nuno—. Don Nuno, por favor, pase a la sala y hablemos con comodidad.
Al ver que Mila había dejado el tema en paz, Esteban suspiró aliviado y condujo a Nuno hacia el interior de la casa.
Apenas se sentaron, Esteban le ordenó a Luna que preparara café y sirviera el mejor té de la casa.
—Don Nuno, la técnica de Luna para servir el té es excepcional. Espero que lo disfrute —dijo Esteban intentando presumir, y Blanca no tardó en apoyarlo, tratando de venderle a Nuno la imagen de una muchacha elegante, culta y educada.
Pero Nuno mantenía una expresión fría, con una mirada que parecía atravesar todas las mentiras.
—Es cierto, la técnica de mi hermanita preparando té es fascinante... sobre todo porque le sale muy natural —lanzó Mila, con un doble sentido brillante.
Esteban y Blanca le lanzaron dagas con la mirada, pero, frente a Nuno, no podían estallar y tuvieron que tragarse su rabia.
—Señor y señora Quiroz, mi tiempo es muy limitado, así que iré al grano —dijo Nuno secamente—. Mi intención hoy es bastante simple: vengo a cumplir el compromiso acordado por nuestras familias y pedir la mano de la heredera de los Quiroz.
Los rostros de Esteban y Blanca se iluminaron de inmediato.
—Don Nuno, nuestra hija lo ha admirado profundamente durante años. Que venga hoy a formalizarlo es un sueño hecho realidad para ella.
—Así es. Mi niña ya está en edad para casarse y siempre ha dicho que si no es con usted, no se casa con nadie —añadió Blanca adulándolo. Luego se giró hacia su hija—. Luna, ¿ya está listo el té? Sírvele rápido a Don Nuno para que pruebe.
Luna, con las mejillas encendidas y actuando toda tímida, se acercó con la delicada taza de porcelana.
—Don Nuno, por favor, disfrute su té.
Pero antes de que pudiera dárselo, Mila se interpuso, le arrebató la taza y se la bebió de un solo trago.
—¡¿Qué demonios haces?!
Los padres y Luna la miraron horrorizados.
Mila dejó escapar un suspiro de satisfacción y chasqueó la lengua.
—Luna... A esta técnica tuya de fingir dulzura... le falta un poco de trabajo.
—Hermana, ese té era para Don Nuno —murmuró Luna con los ojos llorosos, haciéndose la mártir—. Si tenías sed, yo te preparaba otro con gusto.


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