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La Rosa Reemplazada romance Capítulo 2

Samanta fue la primera en apartar la mirada.

—¿Ya se van a ir? —preguntó Melissa con una sonrisa cálida y natural—. Todo es mi culpa, si Darío no me hubiera ayudado con los tragos no estaría así de borracho... Perdón por darte tanta lata.

Samanta apretó los dedos y, tras tomar aire, contestó:

—Es mi esposo. No tienes que preocuparte, es mi deber.

Melissa cedió el paso con la misma gentileza de antes.

—Cuídense en el camino.

Darío, medio recargado sobre Samanta, pesaba bastante; él era alto y corpulento, y a Samanta le costaba trabajo sostenerlo.

Al pasar junto a la silla de ruedas, Darío estiró la mano y despeinó con cariño a Melissa.

—Ya está todo listo con la casa. El chofer te va a llevar, cuando llegues mándame un mensaje.

La sonrisa de Melissa se hizo aún más luminosa.

—¡Claro!

Samanta sintió arder los ojos, pero no apartó a Darío. Lo ayudó a subir al carro.

Durante todo el viaje, Samanta no pronunció palabra. Miraba sin ver las luces y las calles que se deslizaban veloces tras la ventanilla.

Darío se quedó dormido sobre su hombro. Su respiración era tranquila, y el aroma a cedro mezclado con el leve olor a alcohol le resultó tan familiar que el corazón le dio un vuelco.

El conductor los ayudó a bajar y a entrar a la casa.

Samanta le quitó la chaqueta, los calcetines y los zapatos a Darío. Cuando se enderezó para ir a buscar una toalla, él le sujetó la mano.

De un tirón la atrajo hacia la cama y la abrazó con fuerza.

Rozó su mejilla con la nariz, la voz ronca y cargada de ternura por el alcohol.

—No te vayas...

Darío casi nunca se emborrachaba, ni mostraba ese lado tan vulnerable. En ese momento, no era el hombre reservado y distante de siempre, sino un cachorro gigante aferrado a quien más quería.

Samanta, sintiéndose envuelta en esa calidez, no se apartó de él. Pero pronto la invadió una sensación amarga. Volvió a pensar en lo mucho que Darío se desvivía por Melissa: la recepción, el departamento nuevo...

Alzó la vista y le estudió el rostro.

—Darío... ¿tú me quieres?

—Claro.

¿Así que su “te quiero” era para Melissa?

¿Decía que le gustaban los ojos porque los de ella se parecían a los de Melissa?

Sintió como si le revolvieran el corazón con un cuchillo, como si le arrancaran el aire y la dejaran sangrando por dentro.

—¿Dónde estás?

El abrazo se deshizo. Darío abrió los ojos y, al verla de espaldas junto a la cama, estiró la mano hacia ella.

—Ven, duerme conmigo.

¡Que duerma tu madre!

El dolor se transformó en rabia. Samanta perdió la cabeza y, sin pensarlo, agarró la caja de pañuelos y se la lanzó directo a la cabeza.

—¡Ve y abraza a la que de verdad quieres!

—¡Yo solo soy tu reemplazo!

Aventó la caja con todas sus fuerzas. Cuando volvió a mirar, Darío ya estaba desmayado.

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