Capítulo 211 Emanuel inclinó la cabeza y miró a Héctor con cierta confusión.
—Pero a mi Bianca no me parece ese tipo de persona. ¿La juzgas así solo porque tiene problemas con tu novia?
Héctor respondió con indiferencia:
—Ni siquiera vale la pena mencionarla. Solo ten cuidado de no acabar cayendo en sus manos.
Emanuel sonrió.
—Vaya, sí que tienes una opinión muy fuerte sobre Bianca. No seas tan duro. Si de verdad acabara cayendo en sus manos... creo que hasta lo aceptaría.
Héctor arqueó ligeramente las cejas.
—No lo habría imaginado. ¿Desde cuándo te convertiste en una buena persona?
—Siempre he querido ser una buena persona.
Héctor sonrió sin decir nada más y añadió con tono despreocupado:
—Solo te advierto algo: ella es una mujer casada.
Emanuel no pareció sorprendido.
—Cuando intentaba conquistarla, ella misma me dijo que estaba casada. Pero también he oído que su marido no es una buena persona y que la trata muy mal. Con lo hermosa y encantadora que es...
algo debe de andar mal en la cabeza de ese hombre.
Mientras hablaba, Emanuel no notó que el rostro de Héctor se iba oscureciendo.
Sabía algunas cosas gracias a Irene.
Había conocido a Irene por Julieta y, cuando intentó averiguar más sobre ella, Irene terminó quejándose bastante sobre la situación.
—Qué lástima no haber conocido a Bianca antes — continuó Emanuel—. Tal vez así no habría tenido que encontrarse con un marido tan miserable. Las mujeres que han sido heridas son las que más necesitan que alguien las proteja.
Mientras hablaba, volvió la mirada hacia Héctor y por fin notó su expresión sombría.
—¿Qué te pasa?
Héctor lo miró con una sonrisa fría y dio media vuelta para marcharse con grandes zancadas.
Emanuel se quedó sin entender nada.
Carlos llegó frente a la habitación de Julieta y llamó a la puerta.
Fue ella quien abrió.
Al verla tan pálida, Carlos frunció el ceño y la sostuvo de inmediato para ayudarla a recostarse en la cama. Luego le sirvió un vaso de agua tibia.
—El médico viene enseguida.
Julieta tomó el vaso y bebió un sorbo.
Se veía sin fuerzas, con el rostro completamente pálido.
Carlos, casi por instinto, Ilevó la mano a su frente.
—Tienes fiebre.
Tomó el vaso de sus manos.
—Acuéstate.
Poco después llegó el médico y la revisó.
La temperatura marcaba 38.7 °С.
—Sigue siendo igual de trabajadora... Aunque una mujer no debería tener que esforzarse tanto.
Carlos contestó con calma:
—Es su elección. Nadie puede interferir en eso.
Emanuel volvió a preguntar:
—Entonces, ¿esta vez vinieron por trabajo?
Carlos asintió:
—Sí.
Emanuel dijo con tono preocupado:
—Si está enferma, entonces no podrá ayudarte mucho.
—Lo más importante es su salud. Justamente así puede descansar un poco.
Emanuel dudó un momento antes de decir:
—Quería preguntarte algo.
—Pregunta.
—¿Bianca ya se divorció de su esposo?
Carlos lo miró de reojo:
—Todavía no.

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