Capítulo 288 Las puertas del elevador se abrieron y Adriana salió. Al ver a Jairo, se sorprendió.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me avisaste antes?
—Vine a hablar con Héctor. ¿Cómo te fue en tu primer día?
El rostro de Adriana se descompuso al instante.
Jairo le revolvió el cabello con una sonrisa.
—No pasa nada si no te fue bien. Ve aprendiendo poco a poco. Pero no hagas berrinches, aquí solo eres una empleada.
Adriana hizo un puchero.
—Ya sé... ¿y ustedes a dónde van?
—A comer.
—Ni siquiera me invitan.
—Tenemos que hablar de trabajo. La próxima te llevo.
—Está bien...
Héctor añadió:
—Más tarde Miguel te buscará. Que te enseñe bien cómo hacer la minuta de la reunión de hoy.
Adriana asintió.
—Si.
Jairo le dijo un par de cosas más y luego se fue con Héctor en el elevador.
Héctor regresó a la oficina cerca de las dos y media de la tarde.
Sacó el celular y marcó.
—Investiga a dos personas.
Esa noche, Julieta trabajó hasta las nueve.
Cuando estaba guardando su computadora, Carlos tocó la puerta y entró.
—¿Ya terminaste?
Julieta asintió.
—Si.
Tomó su bolso y salieron juntos.
Bajaron y fueron a cenar algo.
Ese día no tenía carro; en la mañana Rafael la había llevado.
Julieta subió al carro de Carlos y fueron a una fonda cercana a comer.
—¿Cuándo vas a ir a Gran Bahía la próxima semana? —preguntó Carlos.
Al escuchar eso, Julieta no pudo evitar sentirse incómoda.
Carlos la miró de reojo.
Carlos inclinó el paraguas hacia ella, cubriéndola casi por completo. Quedaron muy cerca.
Julieta miró la noche lluviosa.
—Después de esta lluvia, seguro va a refrescar.
—Sí... el tiempo pasa rápido. El año pasado por estas fechas todavía estabas en Gran Bahía.
—Sí... ya llevo tres meses de regreso.
En esos tres meses, habían pasado demasiadas cosas.
Nada había salido como esperaba.
Pensó que podría divorciarse de Héctor sin problemas.
Pensó que no volvería a ver a Sofía.
Pensó que podría soportar la distancia con ella.
Pensó que podría empezar de nuevo pronto.
Pero nada había seguido ese camino.
Ni siquiera se atrevía a imaginar el futuro.
Carlos la miró de reojo.
Las luces de la calle iluminaban su perfil... pero en sus ojos ya no había la claridad de antes, como si una fina neblina los cubriera.

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