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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 845

Julieta asintió.

—Vamos.

Sofía sonrió feliz.

Después de despedirse de Irene y Camila, Julieta tomó a Sofía de la mano y ambas subieron al carro.

El vehículo avanzó lentamente hacia Grupo Central.

Cuando llegaron a la empresa, todos sabían ya que Julieta era la esposa de Héctor.

Las recepcionistas las atendieron con especial respeto.

Gracias al sistema de reconocimiento facial, Sofía podía tomar directamente el elevador privado.

—¡Papá!

Héctor estaba trabajando.

Sofía no le había avisado que llegaría acompañada de Julieta.

Al levantar la mirada y verla, la expresión fría de Héctor se suavizó de inmediato.

Cuando distinguió a Julieta detrás de ella, dejó la pluma sobre el escritorio.

Sofía rodeó el escritorio y corrió hacia él.

Héctor la cargó y la sentó sobre sus piernas.

Después le limpió con la mano una mancha de crema en la comisura de los labios y le dijo con cariño:

—Traes toda la cara embarrada.

Sofía sonrió mostrando los dientes.

—Mamá también te compró pastel.

Héctor volvió la mirada hacia Julieta.

Ella le acercó la bolsa que llevaba en la mano y él la recibió.

—¿De qué sabor es?

—De arándano.

—¿Tú también comiste?

—Casi no comí.

Héctor bajó a Sofía, sacó el pastel de la bolsa y desenvolvió una cucharita.

Apenas tomó una porción, se dio cuenta de que Sofía lo miraba con los ojos llenos de antojo.

Sonrió.

—¿Todavía quieres?

—Ya no.

Héctor tampoco pensaba darle más.

Se llevó la cucharada a la boca.

Al verlo comer, Sofía levantó la cabeza y preguntó:

—¿Está rico?

Al verla entrar, no interrumpió lo que estaba haciendo.

—¿Sofía ya se durmió?

—Sí. Quiero hablar contigo de algo.

Las manos de Héctor se detuvieron un instante sobre los botones.

—Hablamos cuando salga. Yo también tengo algo que decirte.

Julieta asintió.

Héctor se quitó la camisa frente a ella, dejando al descubierto su cuerpo firme y bien proporcionado.

Julieta apenas lo miró. Caminó directamente hacia el sofá, se sentó y tomó uno de los libros que había a un lado para hojearlo.

Héctor la observó unos instantes y después entró al baño.

Media hora más tarde, salió con una bata de satén azul marino.

El cuello ligeramente abierto dejaba al descubierto su pecho firme, y su piel aún conservaba la humedad del baño.

Julieta levantó la mirada.

Héctor se secaba con una toalla el cabello corto, que todavía estaba un poco húmedo.

Caminó hacia el sofá y se sentó con calma.

Julieta cerró el libro y lo dejó a un lado.

—¿Hablas tú primero o empiezo yo?

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