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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 748

No fue sino hasta el día siguiente cuando Julieta se enteró de lo sucedido.

El hijo de Chuy había regresado del extranjero y, la noche anterior, intentó atacar a Héctor en Grupo Central para vengarse.

Chuy lo había mandado al extranjero desde que era adolescente porque, en el país, no hacía nada de provecho, era difícil de controlar y tenía un carácter violento.

Después de que se metiera en problemas, no le quedó más remedio que enviarlo fuera.

Desde entonces, el muchacho vivía derrochando cada mes la enorme cantidad de dinero que su familia le mandaba para sus gastos.

Ahora que sabía que su familia estaba en la ruina, jamás podría acostumbrarse a vivir sin dinero.

Héctor no había resultado herido.

En cambio, Adriana, que se encontraba ahí en ese momento, recibió el golpe por él.

Según decían, se había lastimado un brazo.

Julieta escuchó todo aquello sin mostrar ninguna reacción y continuó ocupándose de su trabajo.

Mariana no pudo evitar burlarse:

—Adriana sí que apareció en el momento perfecto. ¿No se supone que está a punto de comprometerse con Leonardo? Y aun así sigue pensando en Héctor. Muy a su estilo, la verdad. Seguro Héctor debe estar conmovidísimo.

Al ver que Julieta parecía no darle importancia, Mariana suspiró.

—De todos modos, tú ya te vas a Sombrales. Mejor no te metas en problemas tan fastidiosos.

Julieta levantó la mirada, sonrió apenas y dijo:

—No tengo por qué fastidiarme. Llévate este documento.

Hacía mucho tiempo que había dejado de hacerse ilusiones con Héctor.

Le entregó a Mariana el documento que tenía en la mano.

En ese momento, solo quería terminar cuanto antes el trabajo pendiente para después irse a Sombrales.

Mariana extendió la mano para recibirlo.

Luego miró a Julieta, pero al final no dijo nada.

En ese momento, Jesús abrió la puerta y entró con una expresión algo ansiosa.

—¿Qué pasó?

Jesús le explicó la situación.

Dominga estaba arrodillada frente al edificio de la empresa, suplicando que le permitieran ver a Julieta.

Afuera llovía y, por más que los demás intentaban convencerla, ella se negaba a levantarse.

Al escucharlo, Julieta no pudo evitar fruncir el ceño.

Sabía perfectamente lo que Dominga pretendía.

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