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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 752

Mariana estaba frente a Carlos y le preguntó con preocupación:

—¿Julieta se enteró de algo?

Después de llevar a Dominga al hospital el día anterior, Mariana la había visto en tan mal estado que incluso le pidió a una empleada de su casa que le llevara comida.

Esa mañana se enteró de que Dominga había muerto la noche anterior al caer de un edificio.

Sintió una opresión indescriptible en el pecho.

Apenas ayer seguía con vida y esa mañana ya no estaba.

Por el momento, Mariana no pensaba contárselo a Julieta.

Sin embargo, hacía un rato había ido a buscarla a su oficina y Jesús le dijo que no se había presentado a trabajar.

Intentó llamarla, pero tampoco contestó.

Por eso subió a la oficina de Carlos para contarle lo ocurrido.

La voz de Carlos se volvió más grave.

—Me temo que no se trata solo de que Julieta se haya enterado.

Años atrás, en Gran Bahía, cuando Leonardo se llevó a Julieta, una de las empleadas de la casa intentó ayudarla a escapar.

Sin embargo, al final, aquella mujer saltó de un edificio y murió frente a ella.

En aquel entonces, lo sucedido había sido un golpe devastador para Julieta.

Sufrió una reacción de estrés muy severa y fue necesaria una intervención psicológica para ayudarla a olvidar y atenuar aquel recuerdo.

Aunque Julieta no tenía una relación cercana con Dominga, comprendía su situación y sentía lástima por ella.

Una mujer que se había humillado ante ella para suplicarle ayuda y que al final había terminado de aquella manera.

Al escuchar a Carlos, el corazón de Mariana se encogió de inmediato.

Carlos se levantó de golpe, tomó el saco que colgaba del perchero y se lo puso.

—Vamos a Costa Dorada.

Mariana reaccionó enseguida.

—Sí.

Cuarenta minutos después, Carlos y Mariana llegaron a la entrada de Costa Dorada.

Héctor se encontraba en el estudio atendiendo asuntos de trabajo.

Una empleada tocó la puerta y entró.

—Señor Héctor, afuera está el señor Carlos. Quiere verlo.

Los dedos de Héctor se detuvieron por un instante.

—Dile que se vaya.

—Sí, señor.

La empleada acababa de darse la vuelta para salir cuando otra tocó la puerta y entró con expresión ansiosa.

—Señor, la señora Julieta...

En la recámara, Julieta se había levantado y avanzaba tambaleándose hacia la puerta.

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