Julieta miró fijamente el techo. Poco a poco, su respiración agitada comenzó a calmarse.
Héctor retiró la mano, se sentó en el borde de la cama y la observó.
—¿Quieres levantarte a comer algo?
Julieta permaneció en silencio, sin responder.
Tenía la mirada vacía y el rostro pálido, como si no le quedaran fuerzas.
Héctor dejó la toalla en el recipiente.
—Entonces regresemos a casa.
Apartó la cobija que cubría a Julieta, se inclinó y la cargó en brazos.
Ella seguía sin reaccionar, como si hubiera perdido por completo las fuerzas.
Héctor salió de la habitación con Julieta en brazos.
La empleada entró, tomó el bolso de ella y los siguió.
Al regresar a Costa Dorada, Héctor subió con Julieta hasta la recámara, la acostó en la cama y la cubrió con la cobija.
Al verla cerrar los ojos con pesadez, dijo:
—Descansa.
Después se dio la vuelta, salió de la recámara y cerró la puerta.
Dentro de la habitación reinaba el silencio, interrumpido únicamente por el viento que golpeaba con fuerza las ventanas.
Ese día, Héctor no fue a la empresa. Se quedó en el estudio atendiendo asuntos de trabajo.
***
En una villa ubicada a las afueras de la ciudad, el doctor le cambiaba cuidadosamente las vendas a Leonardo en la recámara principal.
Tenía gran parte del cuerpo cubierta de gasas.
Dos sirvientas jóvenes y bonitas se acercaron para ayudarlo a ponerse la pijama.
Después, Leonardo bajó al comedor.
Simón ya estaba sentado a la mesa esperándolo.
Leonardo ocupó el lugar de la cabecera y preguntó:
—¿Cómo va todo?
Simón respondió:

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