La comisura de los labios de Héctor se curvó ligeramente.
Extendió la mano, le secó las lágrimas de las mejillas y suavizó la voz.
—No hagas que Sofía se preocupe.
Julieta todavía no lograba controlar sus emociones cuando escuchó la voz alegre de Sofía:
—Papá, mamá.
Ella se detuvo y, al ver los ojos enrojecidos de su mamá, hizo un puchero.
—Papá hizo llorar a mamá. Mamá, ¿quieres que lo castigue por ti?
Héctor se inclinó y recogió del suelo la corona de flores que se le había caído a Julieta.
Se la volvió a poner en la cabeza, luego miró a Sofía y le acarició el cabello.
—No molesté a mamá. Ya, está cansada y necesita regresar a descansar. Además, ya casi es hora de cenar.
Después, él levantó a Julieta en brazos.
—¿Se te antoja algo para cenar?
Julieta apartó la mirada y no respondió.
Héctor no insistió y la llevó de regreso a la casa.
Sofía avanzaba a su lado dando brincos de felicidad.
***
La cena todavía no estaba lista.
Héctor llevó a Julieta a la habitación y le pidió a una empleada que la ayudara a asearse un poco.
Después salió y cerró la puerta.
Cuando regresaba a la sala, vio a Jairo bajar las escaleras.
Venía furioso. Se acercó con grandes pasos y, sin contenerse, le soltó un puñetazo en el rostro.
Héctor no lo esquivó.
El golpe fue tan fuerte que perdió el equilibrio y retrocedió varios pasos.
El mayordomo y las empleadas abrieron los ojos de par en par al presenciar la escena.
Héctor recuperó el equilibrio y se tocó la sangre que le brotaba de la comisura del labio.
Jairo avanzó, lo sujetó por el cuello de la camisa y, apretando los dientes, le reclamó:
—¿Qué le estás haciendo a mi hermana?
Héctor enfrentó la furia de Jairo con una calma extraordinaria.
Levantó la mano, le sujetó la muñeca y le preguntó:

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